Invasión del 41 a Chaguarurco, hoy cantón Santa Isabel

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La mayoría de aquellos hombres y mujeres que vivieron y sufrieron en carne propia dicha tragedia han dejado esta dimensión terrena. Muchos de ellos, vecinos, amigos, padres y abuelos siempre tuvieron ese matiz de tensión, nervios, y orgullo reflejado en su rostro al relatar los episodios y anécdotas de aquella lejana fecha.

Por: José Aurelio Panamá Palacios

Nuestro pequeño y acogedor pueblo vivió unos de sus más dramáticos días con la INVASIÓN PERUANA DEL AÑO 1941. La mayoría de aquellos hombres y mujeres que vivieron y sufrieron en carne propia dicha tragedia han dejado esta dimensión terrena. Muchos de ellos, vecinos, amigos, padres y abuelos siempre tuvieron ese matiz de tensión, nervios, y orgullo reflejado en su rostro al relatar los episodios y anécdotas de aquella lejana fecha.

Ellos relataban sus pesares, sustos, apuros, etc. así por ejemplo don Gonzalo Panamá (+) (97 años) cuenta: «Yo, haya estado de 17 años y aquel domingo la gente distraída y alegre “hacía la plaza”; cuando en eso de las 11h00 escuchamos el retumbar de unos motores, y observamos que unos aviones volaban hacia el pueblo, nos sorprendíamos viendo que la “PANAGRA”, se acercaba tanto hacia nosotros. (Panagra, así se llamaba la empresa aérea que en aquel entonces y de manera irregular cubría la ruta entre Guayaquil y Cuenca). Cuando el rato menos pensado escuchamos unos disparos y ráfagas de metralla, las balas pasaban zumbando por nuestras orejas».

Repuestos del susto, la gente comienza a esconderse en los portales, al poco rato se acercan de nuevo y vemos que unos objetos extraños caen desde dichos aviones. ¡SON PERUANOS! ¡ESTÁN LANZANDO BOMBAS!, ¡ESTÁN LANZANDO BOMBAS!, ¡HUYAMOS TODOS QUE NOS MATAN!, era el griterío confuso, desesperado, sollozante de una comunidad asustada, indefensa, desorganizada.

«Se escuchaban los estruendos por la caída de las bombas: Una cae junto a la Puerta Falsa de la Iglesia, otra en media plaza, otra se introduce por la cubierta en la casa de don Fidel Domínguez, una cuarta bomba cae dentro de la iglesia, y así una quinta cae por la subida de Limón, luego una sexta y otra y otra y de verdad no se sabe cuántas más».

Los guardianes de Chaguarurco

La tarde y noche de ese día domingo 14 de septiembre, el pueblo quedó abandonado, solitario, sombrío; unas cuantas personas merodeábamos las calles y plaza central, sigue el relato don Gonzalo, «…entre ellos el señor Teniente Político don Alberto Durán Chica, don Gerardo Durán, don Carlos Veintimilla, don Pacífico Armijos, Don Miguel Toapante, y otros, acompañados de algunos jóvenes: Mi persona conjuntamente con Lucio Aguirre, Gilberto Durán, el suco Pontón y otros más».

Contaba el veterano que, “Los jóvenes exigíamos a los mayores que saquemos nuestras armas”, “Defendamos el pueblo” decíamos, pero los mayores nos retaban diciendo “Cállense guambras malcriados”. En medio de ello, memoriza el longevo, alguien trae una carabina “COPLECHER” que se cargaba con las balas “DUN DUN” si mal no recuerdo esta arma era de un señor Arias; pero, como es obvio para esos momentos, el temor invadía a todos, y de hecho el recelo de responder con fuego dicho ataque».

La mañana siguiente del lunes 15, de igual forma, la soledad del pueblo era aterradora, parecía un típico pueblo fantasma, todos habían huido por el temor de un nuevo ataque, efecto de una guerra desigual, insólita, injusta, y cruel; con mi hermano Luis llevamos a papacito Aurelio en andas porque estaba gravemente enfermo de pulmonía hasta la casa del Agustín Pizarro en Trancapamba.

Don Gonzalo relata que, a eso de las 11h00, del lunes 15, nuevamente los aviones enemigos, se acercan, y esta vez los disparos de metralla asustan a los pocos que quedaban. Don Pacífico Armijos en la calle junto a su casa frente a la plaza central, colocaba herrajes a las acémilas cuando una bala pasó perforando el ala del sombrero y otra la oreja del animal.

En medio de la narrativa, su rostro se pone tenso; reluce en su relato un sentimiento inusual, mezcla de patriotismo, coraje, miedo, tristeza, entusiasmo.

Comenta que, don Alberto Durán como única autoridad política dijo: “EN TIEMPOS DE GUERRA LOS BIENES SON COMUNES” así es que muchachos busquen algo que comer, ya que la ayuda gubernamental “Tardará en llegar”. Más de veinte aves entre: gallinas, pavos y patos, asomaron como por arte de magia, extraídos de distintos lugares como por ejemplo del huerto de las beatas Duranes, y luego la concentración del preparado sin sal ni condimentos en la bodega de la Sra. Marina Romero.

“Los jóvenes guardianes de Chaguarurco” más por instinto y solidaridad que por preparación, resguardan el pueblo para evitar saqueos, robos, desmanes; encuentran un puerco moribundo en la botada a Limón; le llevamos a la plaza a darle feria, y en la chaspada teníamos la ayuda experta de don Miguel Toapante (+), papeles, paja, pucones, cartones, todo nos servía para chaspar al cuchi. Jefes, guardianes y más gente se apegan para devorar la cuchicara sin sal ni condimentos porque simplemente no había quien provea, ya que: feriantes, comerciantes, viajeros, vecinos, agricultores, amas de casa, criadas, cocineras, choferes, chulíos, chulqueros, ayudantes, artesanos, guardas de estanco, contrabandistas, hombres, mujeres, ancianos, criaturas, todos absolutamente todos, habían huido a refugiarse en quebradas y montes.

Estaban los “guardianes de Chaguarurco” come y come la cuchicara, cuando otra vez llega corriendo don Miguelito Toapante reclamando “Devuélvanme es mi puerquito”; el animalito había quedado abandonado a la intemperie y recibiendo los rayos de un sol canicular de aquel fatídico día.

En resumen: Un puerco, y unas cuantas aves de corral fueron las únicas víctimas, pero no de este bombardeo de los días domingo 14 y lunes 15 de septiembre de 1941, sino para saciar el hambre de los “guardianes de Chaguarhurco”.

Por la tarde de ese día lunes, don Manuel Matute (+), se acerca a la gente que “salvaguardaba” el pueblo, y para asombro de todos, traía en sus manos una de las bombas que habían lanzado los peruanos. Al ver dicho aparato, don Gerardo Durán (+) reacciona furioso diciendo ¡ASIENTA POR AHÍ GUAMBRA PENDEJO! Sin embargo, nada pasó, más bien don Carlos Veintimilla (+), con algunas herramientas manuales, procedió a desactivar dicho aparato para que no haga daño alguno.

Queda para la historia este relato de los jóvenes guardianes de Chaguarurco y sus jefes, ellos recogen las bombas, algunos hábiles las desactivan y ponen en manos del sr. Teniente Político de aquel entonces don Alberto Durán Chica (+). Tiempos después, don Alejandro Ortiz Reyes (+) hizo público este legado: Tres bombas que rescataron, fueron colocadas al pie de la SACRA IMAGEN DE LA VIRGEN DE LAS MERCEDES en el templo, como un homenaje al recordatorio y protección divina de que CHAGUARURCO NO FUE DESTRUIDO POR LAS BOMBAS, ALLÍ HUBO LA INTERCESIÓN DE MARIA SANTISIMA DE LAS MERCEDES.

Hace pocos años, llegaron miembros del ejército ecuatoriano a retirar dichas bombas por constituir un peligro inminente, pero sobre todo por ser elementos de guerra y en su lugar dejaron tres réplicas que hoy están colocadas al pie del altar de la Virgen en la iglesia.

Dentro del tumulto y desorden, también surgen anecdóticos acontecimientos que, con el permiso respectivo, me permito narrar; seguro estoy que estos relatos arrancarán algunas sonrisas, obviamente no era precisamente este sentimiento en aquella trágica época.

Algunas anécdotas (de las muchas que hay)

Don Miguel León (+), apodado el “León de los leones” nativo de Dandán, visitante permanente de los mercados en los domingos y días de feria en Chaguarurco, con un valor y patriotismo delirante, luego de haberse tomado unos traguitos en la cantina de Don Torcuato, machete en mano desafiando al enemigo, levantando al aire en media plaza, gritaba: VIVA DIOS, VIVA DIOS, al tiempo que besaba el piso y al incorporarse mostraba su boca cubierta de tierra, mientras que las balas peruanas “zumbaban por las orejas” más, ese día no murió ni un perro” contaba don Carlos Alvarado (+).

Los aviones invasores volaban tan bajo que era fácil ver a los pilotos, “Viera parecía que ya chocaban contra la loma de El Calvario” contaba doña Luz Guamán (+), ya repuestos del susto se veía clarito a los “choferes” en los aviones, contaba doña Luz, nosotros mostrábamos los puños y les gritábamos “Bajen si son hombres” relataba.

Don Rafael Sánchez, nativo de la comunidad de Salinas cuenta que, estaría de unos nueve años, ese día muy de madrugada yo bajaba con papá Miguel (+) a la feria y al darse cuenta del ataque peruano me agarra de la mano y corrimos por la subida de El Calvario, recto de la piscina, de ahí pudimos ver como de los aviones caían las bombas. Rafael muy asustado y lloroso escuchó decir a su padre: “SE ACABÓ CHAGUARURCO”, pues se esperaba en cualquier momento la detonación infernal, sin embargo, nada pasó, más por el contrario observó que al poco rato se alzó una nube de polvo que cubrió todo el centro del pueblo.

Don Anselmo Cabrera (+) nativo de San Alfonso de Bateas contaba que, tendría en ese entonces 19 años y bajaba muy alegre con su novia Rosario Chávez para contraer nupcias en la iglesia matriz, pues habían pactado la boda ese día y el cura Ignacio Landívar les esperaba impaciente. Ellos por supuesto traían el fiambre respectivo, pero al pasar por la loma de El Pilancón observan la llegada de los aviones, escuchan las ráfagas y ven caer las bombas, entonces se asustan, se esconden en las enormes piedras que antaño había en dicho lugar hasta que termine el ataque, los novios no tuvieron más remedio que comerse el fiambre antes de ir al paseo. El padre Landívar había decidido posponer todo acto litúrgico.

Contaba don Román Rivas (+) que: Yo estaría de unos 18 años y ese día domingo me distraía viendo una improvisada pelea de gallos frente a la puerta falsa de la iglesia, los dos galleros: don Carlos Rosales (+) y don Lorenzo Zenteno (+) distraídos de toda actividad dominical, tranzan la pelea, cuando llegan los aviones, y todos corren, luego se escuchan los disparos y más todavía el ruido por las bombas que caen, entre susto y griterío yo rápido me escondo tras de un pilar de la iglesia, relata don Román, y después de un rato salgo, medio nervioooso, medio tembloroooso, ele, los galleros por donde se irían, mientras que los gallos desaforados continuaban con su riña.

Continuando con su relato, don Román (Que en paz descanse) contaba que, el curquito Solano que trabajaba en la oficina del telégrafo, se pone en contacto con Cuenca, pide auxilio y al día siguiente llegan los soldados del Cuartel Quito, del cuartel Jaramijó, y la Caballería, basta ver, cuenta, que en el pastizal de don Pacífico Armijos, saciaban su hambre los caballitos, y les bañaban en la acequia que bajaba por la avenida Cañaribamba.

En el desespero de la huida era común ver a muchos vecinos llevar en sus acémilas cargadas de todo: Colchones, cobijas, ropa, ollas, gallinas, perros, gatos, niños.

Alguien había atado con una soga el pescuezo de los puercos en la montura de los caballos, a lo mejor pensaban que el ritmo de caminata de los puerquitos se igualaba al de los caballos. Al subir por el camino escarpado de “El Calvario” y víctimas del ritmo de las acémilas, pobres puerquitos iban moribundos arrastrándose por el camino de herradura.

Algunos relatos me contaron mis amigos Edgar Pesántez y Ángel Mendoza, aquí les participo: Don José Garay (+) sastre de profesión, y su querida esposa, apurados y asustados emprenden la huida, así como todos los vecinos; y al estar ya en media cuesta de El Pilancón, se dan cuenta que, en lugar de envolver y llevar a la guagua que estaba en su cunita junto a la mesa de sastre han envuelto el almohadón que les servía para planchar los ternos; desesperado don Pepito (qué en paz descanse) regresa a su casa a rescatar a su tierna criatura y le encuentra que distraída y apaciblemente jugaba con un gatito, ignorando el drama que vivía el pueblo.

La invasión, con aviones, bombas y balas tomó desprevenida a toda la población, tan inadvertidos estaban que nadie ni por remota imaginación podían advertir que, en esta guerra del 41, aprovechando que a nivel mundial Hitler avanzaba con su ejército por toda Europa en una locura desmedida de agresión y cobardía, el Perú invadía Ecuador, y que justamente un grupo de aviones enemigos se acercarían a bombardear la remota y añeja aldea de Chaguarurco. Ni las autoridades, ni los mayores, ni nadie mismo podía imaginar todo esto, mucho menos los guambras enamorados, despistados y confundidos. Relata entonces mi amigo Edgar que su finado padre don Alejandro Pesantez (+), le contó que se había puesto de acuerdo con su novia doña Sofía Durán (+) para encontrarse y conversar al medio día en el matapalo, de pronto el sonido de los aviones, el fuego de metralla, la caída de las bombas, el griterío “Huyamos, huyamos todos”, que hace don Alejandro le dice a su amada “Huyamos nosotros también” y desde ese entonces: 9 hijos y un sinnúmero de nietos y bisnietos como aporte al desarrollo vivificante de este Santa Isabel de siempre.

La gente corría en una carrera desigual y presurosa, don Segundo Bueno (+) se pega una caída al brincar una de las acequias que bañaban El Pilancón y se incrusta una filosa espina en el trasero, el dolor era punzante pero no se daba cuenta de su situación, y gritando pedía auxilio diciendo que una bala de los peruanos le había alcanzado en la parte más acolchonada del cuerpo.

Para correr con tal rapidez nadie podía igualar a la velocidad de don Alberto Cabrera (+) que, estaría de 12 o 13 años y al correr desesperado hacia el norte por la ruta de Paltahaico, pega un fenomenal brinco para saltar una zanja y sin darse cuenta cae sobre la panza de una vaca que acostada rumiaba al otro lado de la zanja; la vaquita asustada se levanta corretea y corcovea como verdadera vaca loca por todo el terreno de don Modesto Palacios (+) destruyendo maizales y más sembríos a vista, paciencia, y susto de los refugiados de Chaguarurco que pernoctaron por varios días en su propiedad; contaban que; desde esa tarde a alguien se le ocurrió iniciar la tradición de hacer bailar y quemar una vaca loca en las fiestas del 24 de Septiembre, costumbre que poco a poco se regó por la región, bueno eso es lo que me dijeron, yo cumplo con mi ofrecimiento de contarles.

Me contó doña Julia Arias (+) que con su mamá corrían por una bajada hacia el Ciénego de San Juan para protegerse de las balas, pero “tal mi mala suerte que, al saltar una cerca, mi falda se queda agarrada en el alambre de púas ¡qué poder pararme! mi mamá bravísima me dice mueeevete guambra de mierrrda, mientras yo, cada vez que quería pararme, venía la gente empujando y otra vez al suelo”. Más abajo había estado don Tomás ¿? haciendo sus necesidades, ele el hombre, rodando en la mugre sin poder subirse el calzón, porque la gente en su desespero por ponerse a salvo le pasaba empujando a cada rato.

Pero, sigue con su relato doña Julita (que en paz descanse), ya repuestos del susto, regresamos a la casa y preparamos la escapada al día siguiente, llevando aves y más cosas para comer; cuando estábamos pasando por la quebrada de Llipshi “ha de ver, de nuevo los aviones” rápido nos escondemos bajo los árboles, pero oiga ese mismo rato los pavos comienzan a gritar “caldo, caldo, caldo, caldo, caldo, caldo, caldo” asustados por los aviones, don Izhaco ¿? bravísimo dice, carajo hagan callar a esos pavos, ele no se acerca el hombre y uno a uno agarra del pescuezo a los pobres pavitos torciéndoles sin compasión.

Sigue entusiasta relato nuestro amigo Edgar, y cuenta lo que a él también le habían contado que: Llegó al pueblo, y digo al pueblo, porque no se sabe en cual casa, un muchacho de unos 12 años apodado “EL SHUNGO”, nadie sabe de dónde vino ni hacia donde fue, desapareció como por encanto, de la misma forma como apareció. En la invasión del 41, nuestro amigo “El Shungo”, fue el portavoz del pueblo, iba y venía todos los días caminado con la tropa hacia y desde Porotillos lugar de concentración de nuestro ejército. Por él se sabía que: “Ya los peruanos están en Pasaje, que ya en Uzhcurrumi, que ya están acabajito nomas”. Él se convirtió prácticamente en espía de los ecuatorianos. Desde los cerros de Uzhcurrumi observaba a los invasores y daba cuenta del avance de sus tropas.

Me comentó don Ángel Mendoza que, uno de los jóvenes de Chaguarurco reclutado por los militares fue Don Froilán Quezada, él contaba que, fue testigo de un caso insólito: Los invasores, habían escuchado la marcha acelerada del ejército ecuatoriano que presurosos a la velocidad de ataque avanzaba hacia ellos en una planicie de Porotillo. Los peruanos huyen despavoridos al escuchar semejante estruendo del avance de nuestra tropa y se lanzan al Río Jubones. Cual había sido el caso, de que, entre los dos ejércitos en pugna, allá en Porotillos había una gran planicie llena de burros salvajes. Estos animalitos prenden en brutal retirada asustados por la presencia y bullicio de tantos soldados de lado y lado, y el sonido de su tropel de retirada asustó a los peruanos provocando una pavorosa huida.

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