Un salto al vacío

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El Milei presidente tiene el desafío de cumplir con sus votantes; complicada misión ante un Congreso en contra. Da signos de prudencia. Abre su paracaídas. Replantea sobre las relaciones internacionales, salud, educación; mientras su círculo íntimo le prende la motosierra para recortar el gasto fiscal, combatir el 142,7 % de inflación anual y estabilizar el país en seis meses muy difíciles; más para los 18 millones de argentinos pobres y en peligro de prender la mecha.

Por: Antonio Ayoví Nazareno

“Los locos siempre dicen la verdad”, reza un refrán, y la “verdad” de Javier Milei asustaba a muchos por atentar contra algunas conquistas sociales y la armonía regional. Pero catorce y medio millones de argentinos (56 % del electorado) creyeron en su “locura” y lo erigieron el presidente más votado de la historia de su país. Hace un mes el periodista Jorge Fontevecchia preguntó al político Néstor Grindetti si lo invadía de miedo un Milei presidente. Confesó afirmativamente. Porque sería “dar un salto al vacío”. Idea compartida por conciudadanos que, aun cabreados por la dura coyuntura económico-social del gobierno del presidente, Alberto Fernández, se resignaban a otro período kirchnerista con la cruz a cuestas, antes de saltar al vacío con la ultraderecha. Pero la mayoría ciudadana, cansada de corrupción, inseguridad, desempleo, hambre, saltó sin paracaídas buscando desahogo a la angustia producida por una casta política que la “locura” de Milei promete extirpar.

En la obra La piedra de la locura de Benjamín Labatut se plantea la posibilidad que verdad y locura sean síntomas de la misma enfermedad; donde volverse loco resultaría la respuesta adecuada a una realidad (Ed. Anagrama). Milei se declaró caudillo “anarco-capitalista”, catalizador de los ciudadanos perturbados por el statu quo. Promete cerrar el Banco Central, dolarizar la economía, cortar con Brasil, China, India y todo el BRICS, con el papa “zurdo” y los “comunistas de mierda”. Privatizar salud y educación; recortes fiscales drásticos, limitar el gasto, eliminar el asistencialismo. Ve en la venta de órganos un mercado rentable; el calentamiento global como invento socialista.

La mayoría creyó en Milei. Optó por la excentricidad sobre la lucidez, lo descabellado sobre la sensatez, la utopía sobre la realidad; quizá poseídos de la locura rotterdiana: esa dosis de aventura y peligro que desafía el sentido común y “mueve al mundo” (a veces al revés), o la del Quijote confundido entre el mundo real y el imaginario. Sus temidas políticas de shock, seguro encontrarían oposición de argentinos no dispuestos a perder ciertas conquistas sociales y originarían protestas, represión, violencia como el año 2001.

Jair Bolsonaro y Mauricio Macri llegaron al poder con discursos rupturistas y recetas neoliberales que no mejoraron sus países. Ni derechas ni izquierdas han afianzado la estabilidad regional. La corrupción es transversal y deslegitima la política. El hartazgo provoca “saltos al vacío”, el “ya que chu…” que capitalizó el expresidente Guillermo Lasso, de resultados visibles.

El Milei presidente tiene el desafío de cumplir con sus votantes; complicada misión ante un Congreso en contra. Da signos de prudencia. Abre su paracaídas. Replantea sobre las relaciones internacionales, salud, educación; mientras su círculo íntimo le prende la motosierra para recortar el gasto fiscal, combatir el 142,7 % de inflación anual y estabilizar el país en seis meses muy difíciles; más para los 18 millones de argentinos pobres y en peligro de prender la mecha.

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