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Teología de la calle: Grito que clama en el agua

Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña

En el Nuevo Testamento, Juan el Bautista, levanta su voz en el desierto para anunciar la conversión, denunciar las injusticias y preparar el camino del Señor. Hoy, en medio de las calles inundadas, de los barrios devastados y de las comunidades que sufren las consecuencias de las intensas lluvias, nuestro grito se levanta sobre las aguas.

Es un grito que nace del dolor colectivo, pero que no renuncia a la esperanza; es una voz profética que denuncia la indiferencia, interpela las conciencias y reclama justicia para quienes históricamente han sido invisibilizados.

Somos un grito de esperanza, pero también de denuncia. Un grito que cuestiona el desorden institucional, la negligencia administrativa y la ausencia de políticas públicas verdaderamente orientadas al bienestar común. No podemos aceptar que la política, cuya esencia debería ser el servicio a la ciudadanía, se convierta en un instrumento de intereses particulares, manipulación y saqueo de los recursos públicos. Cuando unos pocos utilizan el poder para su propio beneficio, mientras las mayorías sobreviven entre la pobreza, la incertidumbre y el abandono, estamos frente a una profunda crisis ética, social e institucional.

Desde la identidad de nuestros pueblos latinoamericanos y ecuatorianos, reclamamos verdad, transparencia, responsabilidad y justicia. La historia nos enseña que los pueblos no pueden permanecer indefinidamente sometidos al silencio. No podemos cruzarnos de brazos frente a un desgobierno, ni acostumbrarnos a contemplar la desesperación de quienes lo han perdido todo. La fe cristiana no puede ser indiferente ante el sufrimiento humano, porque un Evangelio que no se compromete con la vida, la dignidad y la justicia termina convirtiéndose en un discurso vacío.

La Palabra de Dios nos interpela profundamente en Mateo 25,35-36: «Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y vinieron a verme». Este pasaje constituye el fundamento de una espiritualidad comprometida con el prójimo. Jesús nos recuerda que el encuentro con Dios pasa necesariamente por el reconocimiento del rostro sufriente de nuestros hermanos. No existe auténtica espiritualidad cristiana cuando ignoramos al pobre, abandonamos al vulnerable o permanecemos indiferentes ante el dolor de una familia que ha perdido su vivienda, sus pertenencias y hasta la seguridad de su propio hogar.

Machala y diferentes sectores de la provincia de El Oro están experimentando las consecuencias de una realidad que exige respuestas urgentes. Las inundaciones no solamente dejan calles anegadas, viviendas destruidas y pérdidas materiales; también revelan profundas desigualdades sociales, debilidades en la planificación urbana, deficiencias en los sistemas de prevención y una institucionalidad que debe asumir sus responsabilidades. Es cierto que no todos los fenómenos naturales pueden evitarse, pero sus consecuencias pueden reducirse mediante planificación territorial, inversión en infraestructura, sistemas de alerta temprana, gestión ambiental y políticas sostenibles de prevención y mitigación de riesgos.

Hubo tiempo para anticiparse, estudiar los escenarios de vulnerabilidad, identificar los sectores de mayor exposición y construir estrategias de respuesta comunitaria. La prevención no puede ser una improvisación cuando llega la emergencia; debe constituir una política permanente de protección de la vida. Necesitamos profesionales comprometidos, jóvenes organizados, comunidades participativas y ciudadanos capaces de realizar un levantamiento de la realidad social y ambiental de sus territorios. Necesitamos instituciones que escuchen, autoridades que respondan y organizaciones que acompañen a quienes más lo necesitan.

No es posible permanecer indiferentes ante las imágenes de niños, adultos mayores, familias empobrecidas y personas en situación de vulnerabilidad que hoy enfrentan el abandono, la precariedad y la desesperación. No podemos normalizar que los más pobres sean siempre quienes paguen las consecuencias de la falta de planificación, de la corrupción y de la negligencia institucional. Un gobierno, una alcaldía y cualquier organismo público tienen la obligación ética y política de garantizar condiciones dignas de vida, especialmente para quienes no cuentan con los recursos necesarios para protegerse frente a una emergencia.

Por eso, nuestra voz debe recuperar su dimensión profética. El profeta Amós nos recuerda que la verdadera relación con Dios no puede separarse de la justicia: «Que fluya el derecho como agua y la justicia como arroyo permanente» (Amós 5,24). Esta expresión adquiere hoy una fuerza extraordinaria: mientras el agua invade nuestros barrios, también debe fluir la justicia en nuestras instituciones. No queremos una sociedad donde las lágrimas de los pobres sean invisibles y donde las responsabilidades públicas se diluyan entre discursos, promesas y justificaciones.

Tenemos que gritar, aunque nuestra voz incomode; tenemos que denunciar, aunque nuestra palabra cuestione los intereses establecidos. Como profetas de la esperanza, estamos llamados a asumir los riesgos de la verdad. El silencio frente a la injusticia puede convertirse en complicidad. Nuestra misión no es alimentar el odio ni promover la confrontación, sino despertar las conciencias, defender la dignidad humana y exigir transformaciones estructurales desde la ética, la solidaridad y el compromiso ciudadano.

Desde el espacio dominical, desde la reflexión teológica y desde las calles que hoy claman auxilio, decimos: ¡Basta de burlarse del pueblo! ¡Basta de instrumentalizar las necesidades de los pobres! ¡Basta de abandonar a los excluidos, a los marginados y a quienes no tienen voz! La ciudadanía merece respeto, respuestas oportunas, transparencia y autoridades que comprendan que gobernar significa servir.

En Juan 10,10, Jesús nos ofrece una promesa fundamental: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia». Esa vida abundante no puede reducirse a una promesa espiritual para el futuro; debe traducirse también en condiciones concretas de dignidad, vivienda segura, alimentación, salud, educación, protección y oportunidades para todos. El Reino de Dios comienza a hacerse presente cuando defendemos la vida, levantamos al caído, acompañamos al que sufre y trabajamos por una sociedad más justa, fraterna y solidaria.

Desde lo más profundo de nuestra espiritualidad latinoamericana y ecuatoriana, desde la fe que se hace compromiso y desde la memoria de nuestros pueblos que históricamente han resistido la exclusión, levantamos nuestra voz. Que las aguas que hoy inundan nuestras comunidades no ahoguen la esperanza ni silencien la justicia. Que el dolor se transforme en conciencia colectiva, organización popular y compromiso social.

¡Machala no puede acostumbrarse al abandono!

¡El Oro no puede resignarse a la indiferencia!

¡El pueblo tiene derecho a vivir con dignidad!

Hoy, desde el Evangelio, desde la memoria de los pobres y desde la fuerza transformadora de nuestra fe, proclamamos que la esperanza no se negocia, la dignidad no se mendiga y la justicia no se silencia.

¡Basta ya! ¡Que la justicia fluya como el agua y que la esperanza vuelva a levantarse desde nuestras calles!

¡NO PASARÁN LA INDIFERENCIA, LA INJUSTICIA NI EL ABANDONO!

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