Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña
Querida madre, en este 4 de diciembre de 2025 celebramos no sólo un año más de tu vida, sino la hondura de tu experiencia existencial, tejida de fe, esperanza y entrega silenciosa.
Hoy, desde la serenidad de tu hogar, perseveras en la oración y en la contemplación activa. Tu existencia nació marcada por la espiritualidad; fuiste engendrada en la oración porque la vida misma, para ti, siempre fue un diálogo permanente con Dios. Esa oración existencial abrió surcos fértiles y caminos de sentido para quienes hemos caminado a tu lado.
Catamayo, tu tierra natal, te vio dar los primeros pasos; y Loja, ciudad de acogida en tu adolescencia, se convirtió en el escenario donde floreciste como madre y mujer libre. Allí sembraste la vida en tus hijos Laura y Vicente, y ese árbol generoso dio nuevos frutos en tus nietos: Patricio, Vinicio, Irene, Fernando, Nino, Jesús y Juan Sebastián. Y ahora, esos nietos y nietas han multiplicado tu legado en doce bisnietos: pequeños pétalos que prolongan tu historia, tu linaje y tu ternura.
Madre querida, que el Dios de la Vida, fuente de toda misericordia, te envuelva siempre en su bendición y te regale la serenidad profunda de los silencios místicos del amor.
Hortensia: la flor más bella del jardín, y al mismo tiempo la jardinera que cultiva gardenias y rosas, orquídeas de esperanza y universos de vuelo interior.
Hoy celebramos tus 93 años: una trayectoria de supervivencia escatológica y de esperanza mesiánica; un camino lapidado de sabidurías, melancolías y alegrías, que solo los corazones que aman intensamente pueden saborear.
Son 93 años irrepetibles, vividos con plenitud y dignidad.
Gracias, madre, por tu existencia, por tu compañía y por tu guía constante. Tu presencia es para mí como una laguna sagrada: espejo de amores, de silencios y de alas que sostienen y fortalecen cada día mi vocación sacerdotal.
Gracias, madre.
Machala, 4 de diciembre.
Día de tu nacimiento. Día de tu santidad cotidiana.
Barbarita.





















