Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña
La vida constituye un misterio ontológico que se despliega progresivamente en la historia concreta de cada persona. No se trata únicamente de un proceso biológico, sino de una realidad trascendente que se revela como don gratuito. Desde una perspectiva teologal, la fe, esperanza y caridad, comprendemos que es la existencia humana, es la participación en el ser mismo de Dios y, por tanto, vocación permanente al sentido.
El interrogante radical ¿para qué he nacido?. No es una simple curiosidad intelectual, sino la pregunta existencial que estructura la conciencia humana. Es el punto de partida del discernimiento, del análisis interior y de la búsqueda de identidad. En esta experiencia se entrelazan el ser y el tiempo, como lo expresa la reflexión filosófica contemporánea: el tiempo no es sólo una sucesión cronológica, sino el ámbito donde el ser humano se comprende, se proyecta y se realiza. Vivir es habitar el tiempo como oportunidad de plenitud.
En medio de esta condición temporal, el mensaje de Jesús de Nazaret irrumpe con fuerza reveladora: “Yo soy”. Esta expresión, de profunda densidad teológica, manifiesta la identidad divina que sostiene y renueva la existencia humana. En el dinamismo del Espíritu Santo, el “Yo soy” se convierte en principio de regeneración interior, fuente de constante juventud espiritual y de transformación ética.
Cumplir un año más de vida no significa simplemente añadir tiempo al calendario, sino reconocer la fidelidad de Dios en la propia historia. Celebrar la vida junto a Dios, la familia, los amigos y la comunidad fortalece el sentido de pertenencia y reafirma la dimensión relacional del ser humano. La persona no se comprende en aislamiento, sino en comunión.
La felicidad no radica en la acumulación de bienes, sino en la experiencia del encuentro. Es la alegría que brota de saberse buscador del Ser y de orientarse hacia Él. El ser humano se realiza en la medida en que actúa conforme a su dignidad; el “ser” se concreta en el “hacer”. Así, al desplegar nuestras capacidades en clave de servicio y entrega, actualizamos nuestra condición de hijos de Dios.
Porque Dios es amor, y el amor constituye el principio y el fin de toda realidad creada. El amor auténtico no es mera emoción, sino decisión ética y compromiso histórico. El Amor Eficaz tan propio de la espiritualidad Vicenciana, que se traduce en testimonio concreto, en solidaridad activa y en opción por el bien del otro. Es el amor que vence al odio y transforma la realidad.
Que este aniversario de vida sea, entonces, una experiencia de renacimiento espiritual, a la manera de Nicodemo: nacer “de lo alto”, en Espíritu y en verdad. Que cada año cumplido sea un signo de madurez interior, de mayor conciencia vocacional y de renovado compromiso con la misión recibida.





















