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Teología de la calle: Desierto abierto a la misión

Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña

La riqueza de reunirnos como hermanas y hermanos para vivir una experiencia integral de crecimiento espiritual radica en la alegría de sabernos discípulos de Jesucristo, el gran misionero enviado por el Padre. Esta jornada espiritual está iluminada por el pasaje bíblico de Mateo 4, 1-11, un texto que se inserta profundamente en el itinerario existencial de Jesús de Nazaret.

Después de recibir el bautismo en el Jordán por Juan el Bautista, Jesús se adentra en el desierto. Este gesto no es accidental: representa un camino de interiorización, un espacio teológico donde Él entra en diálogo con su propia identidad y con la voluntad divina. En otras palabras, Jesús busca discernir de qué manera realizará la misión que el Padre le ha confiado.

El desierto se convierte así en un lugar de silenciamiento, discernimiento y autoconocimiento. Allí Jesús confronta su historia personal, familiar y cultural: la huida a Egipto, el retorno a Nazaret, la predicación del Bautista y su propio bautismo. Todo ello constituye su realidad concreta, que debe ser leída, interpretada y asumida para lanzarse de manera consciente a la misión evangelizadora.

Durante esta experiencia profunda, Jesús desarrolla varias actitudes fundamentales:

a. Presencia plena

Capacidad de “estar ahí”, en silencio, para descubrir la voluntad de la Vida y la voluntad del Padre. Esta presencia consciente es el inicio de toda autenticidad espiritual.

b. Lectura de la propia historia

Jesús revisa su pasado, su cultura, su corporeidad, su situación personal y la coyuntura social y religiosa de su pueblo. El discernimiento exige reconocer de dónde venimos y en qué realidad estamos insertos.

c. Proyección vocacional

Jesús se pregunta:

¿Para qué seguir viviendo?, ¿cuál es mi razón de ser en este mundo?

Estas mismas preguntas deben resonar también en nuestra existencia. Todos poseemos un camino recorrido, una historia cargada de experiencias que esperan ser contempladas a la luz de Dios.

La tentación como dimensión humana

El desierto es también un espacio de tentación. Jesús enfrenta tres grandes desafíos humanos:

• El placer,

• El poder,

• La fama.

Esta tríada constituye una experiencia universal. Nadie escapa a ella; todos, en diferente medida, somos interpelados por estos dinamismos que buscan desviar el corazón del proyecto de Dios.

Del desierto a la misión

Después de esta vivencia místico-existencial, Jesús emerge fortalecido y se lanza a la acción misionera con claridad programática: las Bienaventuranzas, núcleo de su proyecto activo-contemplativo-misionero. La misión es siempre fruto de la contemplación. Sus gestos de sanación, sus acciones liberadoras y su anuncio transformador nacen de la experiencia profunda del Espíritu y de la intimidad con el Padre.

Como creyentes, estamos llamados a leer los signos de los tiempos, no desde interpretaciones simplistas o exégesis superficiales, sino desde la fuerza renovadora del Espíritu Santo, que continúa haciendo nuevas todas las cosas.

Preguntas para el discernimiento personal

• ¿Cómo vivo mi experiencia de contemplación?

• ¿Cuál es mi misión en la coyuntura actual de mi existencia?

• Como Iglesia, ¿Qué lectura hacemos de la realidad y de nuestra propia vida?

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