Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña
“Como en Nazareth, nuestra familia estaba compuesta sólo de tres miembros. Como en Nazareth, los tres nos entregábamos al trabajo en la medida de nuestras fuerzas.” Esto nos cuenta Mons. Leonidas Proaño Villalba. Y es que tuvo tres hermanos mayores a él que murieron antes de tener 1 año de edad.
Leonidas Eduardo, llamado en su casa “Eduardito”, nació en San Antonio de Ibarra, el 29 de enero de 1910. Sus padres: Agustín y Zoila. La escuela del pueblo estaba ubicada a pocos metros de su casa. Allí estudia los primeros seis años, que se denominaba: la primaria. En esos años, San Antonio de Ibarra, dice, “era un pueblo pobre”. Y añade: “Supe como todos los pobres, lo que es padecer de necesidad y de hambre. Pero aprendí también a soportar privaciones sin quejas ni envidias.” “Tanto mi padre como mi madre tenían un gran aprecio a los indígenas… Esto mismo inculcaban en mi ánimo, en conversaciones y reflexiones.”
Su sueño era ser pintor, como tantos artistas plásticos que en su pueblo natal tallaban imágenes de madera o pintaban lienzos de inspiración religiosa o de la bella Naturaleza imbabureña. Un llamado más fuerte lo impulsó a ir al Seminario. Cuando le tocó decidir por el sacerdocio vivió momentos de crisis y obscuridad que una vez disipados por un serio discernimiento lo llevaron a optar con libertad por el sacerdocio “y desde ese momento nunca he dudado”. A los 44 años es designado Obispo de Riobamba. Allí encuentra el lugar y el momento para realizar su sueño: trabajar por los indígenas.
Y es que América Latina y el Caribe, desde el inicio de la invasión europea, se han configurado como una tierra martirial. El abuso sistemático, el despojo territorial, la explotación económica, la servidumbre, la esclavitud y las múltiples formas de expolio convirtieron a Abya Yala en un continente herido, atravesado por el dolor histórico, pero también fecundado por procesos de resistencia, dignidad y resurrección.
Desde los albores de su constitución histórica y cultural, los pueblos originarios de Latinoamérica fueron configurando su identidad en una profunda relación con la Naturaleza, con lo sagrado, con Dios y con la vida comunitaria. La irrupción violenta de la invasión colonial impuso una nueva y dramática realidad: la negación del otro, la ruptura de los tejidos sociales y la instrumentalización de la fe al servicio del poder.
Este fue el hombre-estropajo que Mons. Proaño encontró en Riobamba, en 1954. Su primer plan pastoral estará expresado en estas palabras: “Yo quisiera dar al indio: conciencia de su personalidad humana, tierras, libertad, cultura, Religión… ¿Cómo conseguirlo? Se me hace un nudo en la cabeza; pero no quiero desanimarme.”
Ante estos seres oprimidos, esclavizados, explotados, Mons. Proaño se inclinó para descubrir su dignidad humana, extendió la mano para levantarlos de la opresión, los escuchó para que recuperaran su voz, les devolvió la Tierra-Pachamama para que no se sintieran huérfanos, los miró más allá de las apariencias y los reconoció como verdaderos maestros de sabiduría, de resistencia, de espíritu comunitario.
Por eso su presencia y su voz fueron signo de esperanza, ante la realidad vivida a lo largo de la historia, desde 1492, hasta las expresiones contemporáneas de autoritarismo y dictaduras que persisten hasta nuestros días. Leonidas Proaño es uno de los grandes seres humanos que movidos por la fe y la conciencia ética, optaron por la defensa de la Madre Tierra, de la vida y la dignidad humana. Su compromiso los llevó a confrontar estructuras de pecado, sistemas opresores y regímenes dictatoriales, asumiendo toda forma de riesgo.
Con su trabajo pastoral liberador sugió una multitud de testigos: catequistas, religiosas, religiosos, laicos comprometidos que junto a los sacerdotes y al obispo hicieron de la compasión una praxis histórica, cargando sobre sí el dolor de los pueblos empobrecidos y excluidos. En ellos, la fe se tradujo en acción liberadora y solidaridad concreta.
Con Leonidas Proaño caminamos en una Cristología latinoamericana, profundamente inculturada, que se encuentra atravesada por la experiencia del dolor histórico y, al mismo tiempo, por una esperanza activa y transformadora alimentada por el fuego del amor. Es una Cristología que contempla al Cristo crucificado en los pueblos crucificados, pero que también anuncia al Cristo resucitado en sus luchas, resistencias y procesos de liberación. Como hiciera Cristo, también Mons. Proaño ante el mártir de la lucha por la tierra: Lázaro Condo, exclamó: “Lázaro, a ti te digo, levántate!” Y ese grito resonó en todas las comunidades despojadas que se pusieron en pie.
En esta hora de nuestro país y nuestro continente, hagamos que resuene esa voz de Mons. Proaño a quien el Obispo-poeta Pedro Casaldáliga dedicó estos versos:
Más allá de los odios gamonales,
más acá de retóricas e intrigas,
tú sigues siendo tú, sencillamente:
como un indio, salvado
del contagio y el miedo,
como un pobre al servicio de los Pobres.
Machala, 22 de enero del 2026, tierra de lucha y esperanza.





















