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Teología de la calle: Por las rutas existenciales del ser

Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña

Invitado por la Fundación Pueblo Indio, obra profética impulsada y creada por monseñor Leónidas Proaño Villalba en 1988, cuyos principios fundamentales son acompañar, servir y celebrar la vida junto a los pueblos indígenas, emprendí un camino que se transformó en experiencia espiritual, memoria agradecida y contemplación encarnada.

Desde Machala viajé a Quito, aprovechando esta significativa oportunidad para visitar a monseñor Néstor Herrera Heredia en la Clínica Guadalupe, atendida por las Hermanas Hospitalarias. En esta travesía me acompañaron la señora Consuelo Noboa y su hermana Susana, quienes con generosidad fraterna me brindaron hospedaje y cercanía humana.

Monseñor Néstor Herrera Heredia fue obispo de la Diócesis de Machala entre 1982 y 2012, y fue él quien, el 10 de diciembre de 1989, me ordenó sacerdote misionero en la Catedral de la Ciudad de las Palmeras. Volver a encontrarme con él, abrazarlo en su fragilidad y acompañarlo en su dolor, fue fundir la gratitud con el consuelo, la nostalgia con la esperanza, el amor con la paz. Fue un acto profundamente evangélico: estar, acompañar, amar en silencio.

El sábado 20 de diciembre, con renovado ardor misionero, regresé a la Clínica Guadalupe. Me permitieron ingresar para saludar a quien reconozco como mi padre espiritual. El encuentro fue místico y contemplativo: su silencio elocuente dialogó con mi palabra interior; su mirada transmitía sabiduría pascual. Comprendí, desde lo hondo del corazón, que la vida se va consumando según la palabra de Jesús.

Tras este encuentro de gracia, preparé mi itinerario hacia Pucahuayco, lugar donde nació y creció monseñor Leónidas Proaño Villalba, y donde se levanta la Casa de Formación de Misioneras Indígenas, signo vivo de su opción evangélica por los pobres y excluidos. Proaño, reconocido como el Obispo de los Indígenas, supo encarnar una Iglesia pobre, servidora y comprometida con la justicia del Reino.

El trayecto de Quito a Ibarra despertó una profunda nostalgia existencial. Durante más de ocho años recorrí rutas semejantes viajando de Machala a Medellín, cuando me formaba como sacerdote en la Congregación de los Misioneros Javerianos de Yarumal. Recordé también los viajes realizados junto a mi madre Hortensia, mi hermana y mis sobrinos. La memoria se convirtió en oración.

A las 16h00 del sábado, llegué al Centro de Formación de Pueblo Indio. Fui acogido con afecto sincero por la compañera Nidia Arrobo, quien me condujo a la capilla donde reposan los restos mortales de monseñor Proaño. Permanecí en silencio contemplativo, donde se entrelazaron emoción, meditación y mística activa. Posteriormente, acompañé la Novena de Navidad, celebrada con sencillez, creatividad y profunda espiritualidad popular, explicitando los valores evangélicos de comunidad, participación y misión, tan insistidos por monseñor Proaño.

Pucahuayco, que significa “quebrada roja”, es un nombre profundamente simbólico. A monseñor Proaño se le llamó injustamente “el cura rojo”, no por ideología, sino por su compromiso radical con los empobrecidos, por su opción preferencial por la vida digna y la esperanza activa del pueblo. El domingo 21 de diciembre, amaneció con llovizna, pero hacia las 10 de la mañana el sol irrumpió con fuerza para celebrar el Pase del Niño. Caminamos cantando villancicos propios de nuestra identidad cultural. Los niños, vestidos de pastores, ángeles, reyes y personajes de la región, llenaron el camino de alegría y fe sencilla.

Nos acompañaron la esposa y los padres de Efraín Fueres, asesinado por militares de un gobierno ilegítimo y corrupto. Participaron en la Eucaristía, donde se ofreció consuelo, esperanza y fortaleza para continuar el camino de una fe solidaria y comprometida. En el altar presentamos también la memoria de los cuatro niños asesinados en Las Malvinas, Guayaquil, el 8 de diciembre de 2024: Ismael, Estiven, Josué y Saúl. Ellos son una herida abierta en el corazón del pueblo indígena y afro; sus familias claman verdad, justicia y reparación.

Entre cantos de vida y esperanza, y compartiendo el pan fraterno, concluimos este acto navideño que nos recuerda, que Dios se hace presente en la historia concreta de los pueblos. Como proclama la oración poema de Leónidas Proaño Villalba:

“Padre nuestro que estás en la tierra,

desvelado por nuestros desvelos.

Hoy tu nombre nos sabe a justicia,

nos sabe a esperanza,

y a gloria tu Reino.”

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