Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña
El apóstol Pablo, desde su propia experiencia existencial, propone una esperanza creativa, racional y profundamente encarnada en la realidad humana. A la luz de esta perspectiva paulina, y tras haber vivido la reciente jornada electoral del 16 de noviembre en nuestro país, surge inevitablemente una pregunta fundamental: ¿qué nos queda como nación?
Un pueblo que ha despertado a la reflexión, que demuestra capacidad crítica y claridad en sus lineamientos fundamentales.
La certeza de que ya no vivimos tiempos feudales, en los que la manipulación y la coerción determinaban el destino del pueblo.
La constatación de que la política deben actuar con prudencia, pues ya no es sencillo engañar a una ciudadanía consciente y vigilante. El triunfo se ha convertido en una categoría existencial y ética: la mayoría del pueblo ecuatoriano se negó a ser atrapada por una lógica de la venganza, optando más bien por discernir en profundidad los verdaderos problemas estructurales del país. En un contexto político por repartos, negociaciones opacas y pérdida de institucionalidad, la reconciliación adquiere un valor profético y esperanzador. La justicia no puede confundirse con venganza; la libertad no es sinónimo de irresponsabilidad política; el amor no puede reducirse a la codicia disfrazada de progreso.
La llamada a la reconciliación es, en su esencia, un acto de liberación frente a la rigidez ideológica. Es abrir espacio a la multiculturalidad, la pluralidad y la defensa de los derechos de la naturaleza. Sembrar esta revolución es sembrar reconciliación, especialmente allí donde los juicios se convierten en sentencias sin alma. El NO abrió una puerta hacia la restauración y la reintegración social. Esta ética implica asumir posturas claras:
Desde una perspectiva cristológica, esta reconciliación tiene un fundamento profundamente evangélico: el amor que no negocia la vida, que no calcula la misericordia, que no se rinde ante la frialdad de los códigos. La última palabra no pertenece a la sentencia, sino a la gracia. No prevalece la ley de piedra, sino la dignidad del ser humano renovado por Dios. La tarea continúa. Es necesario defender la la reconciliación nacional.





















