Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña
En el dolorido, pero aguerrido pueblo de El Salvador y América Latina, aún retumban las palabras de San Romero de América, «Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla. […]Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!». Y no era para menos el gobierno estaba reprimiendo de manera brutal al pueblo, no respetaba niñas, asesinaban de frente y, además, todo lo que hacían era en contra del pueblo empobrecido al que Romero amaba y defendía con toda decisión,
«No es voluntad de Dios que unos tengan todo y otros no tengan nada […] De Dios es la voluntad que todos sus hijos sean felices», dijo en una homilía del 10 de septiembre de 1978. En cuanto a nuestra praxis profética y misionera hizo un llamado vehemente, «Un profeta tiene que ser molesto a la sociedad cuando la sociedad no está con Dios» porque «Es inconcebible que se diga alguien cristiano y no tome, como Cristo, una opción preferencial por los pobres».
Sabía que el gobierno lo mataría y aseguró que resucitaría, porque los profetas resucitan en el corazón de su pueblo, «Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección: si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño». Hoy podemos decir con absoluta certeza, porque Romero, como tantos de nuestros mártires predicaban a Jesús de Nazaret, Verdad y Vida, al Dios de la Vida, que se cumplió su pronóstico; Romero ha resucitado en toda América y es otro profeta incómodo al imperio y sus lacayos.





















