Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña
La misión eclesial encuentra su fundamento teológico en el sacramento del Bautismo, por medio del cual todo cristiano es incorporado ontológicamente a Cristo y constituido miembro activo del Pueblo de Dios.
Desde esta perspectiva eclesiológica y sacramental, el bautizado no sólo recibe la gracia santificante, sino también el mandato misionero que configura su identidad como discípulo y discípulo misionero. En este sentido, la misión no es una actividad opcional, sino una dimensión constitutiva de la vida cristiana, enraizada en la participación, en la misión trinitaria de la Iglesia.
Ser misionero se inicia en el ámbito doméstico, entendido como “Iglesia doméstica”, donde la vivencia de la fe se encarna en la cotidianidad de las relaciones familiares. Desde allí, la experiencia de encuentro con Cristo se proyecta hacia la comunidad, generando procesos de evangelización que responden a los desafíos socioculturales contemporáneos. Esta proyección pastoral implica asumir una praxis evangelizadora que integre testimonio de vida, anuncio kerigmático y compromiso social, especialmente en contextos marcados por la fragmentación social y la pérdida del sentido de solidaridad.
El anuncio de Jesucristo constituye la fuente de la verdadera alegría cristiana, en cuanto es experiencia de salvación y plenitud existencial. En un mundo caracterizado por dinámicas individualistas y estructuras que generan exclusión, los bautizados están llamados a ser signos escatológicos de esperanza, promoviendo una cultura del encuentro, la fraternidad y la justicia. Así, la misión adquiere una dimensión profética, al denunciar las realidades que atentan contra la dignidad humana y anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios.
Vivir la alegría del Evangelio implica asumir una espiritualidad encarnada que transforme la realidad histórica desde la lógica del amor cristiano. La paz evangélica, entendida como fruto del Espíritu, se manifiesta en la construcción de relaciones reconciliadas y en la promoción del bien común. De este modo, la Teología de la Calle se configura como una teología contextual, que busca iluminar la vida concreta de las personas desde el Evangelio, promoviendo una fe que se hace acción liberadora, solidaria y profundamente humana.





















