Por: John Campuzano Vásquez
En tiempos de campañas intensas como las que tendremos en Ecuador en unos cinco meses, el mayor riesgo para una democracia no es sólo elegir mal, sino elegir seducidos por el populismo del gasto fácil y de las ofertas imposibles de concretar. Prometer bonos, subsidios, casas, empleo estatal sin respaldo y obras para todos suena atractivo, pero casi nunca es gratis. Alguien paga la factura: el contribuyente, el ahorrista, el trabajador o el pobre que termina atrapado en inflación, devaluación y menos oportunidades. Esa es la verdad incómoda que muchos prefieren callar en tiempos de campaña.
Razonar el voto significa mirar más allá del discurso emocional. Es preguntarse si el candidato es serio o es otro de los muchos que ofrece más, sin explicar cómo lo financiará. Cuando el gasto público se dispara sin control, el Estado, el municipio o la prefectura se quejan de que los impuestos no alcanzan, y presionan para cobrar más castigando a los que realmente producen. Y cuando eso ocurre, la economía deja de crecer sanamente y empieza a sobrevivir con respirador artificial.
Los ejemplos abundan. Argentina, Venezuela, Colombia y recientemente Chile ofrecen la versión más cruda: desequilibrios acumulados, financiamiento del déficit y colapso económico con efectos devastadores sobre la vida cotidiana. Al final, los políticos irresponsables echan la culpa al que los antecedió y el reel continua hasta la próxima elección. Para engañar con trabajo, se hace o se inicia una obra calculada tres o cuatro meses antes de la elección y de nuevo a los votantes se les miente.
Votar por quien promete gastar sin decir como se financiará ese gasto, es votar por una ilusión peligrosa. El populismo de obras y promesas compra aplausos en el corto plazo, pero destruye futuro en el largo plazo. Por eso el voto responsable debe hacerse con memoria, con criterio y con una pregunta básica: ¿de dónde saldrá el dinero y quién pagará después, y quiénes acompañan al candidato?





















