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Teología de la calle: Espiritualidad comunitaria nativa

(Reflexiones del P. Vicente Romero Peña, tomadas de fotos de sus manuscritos en su agenda)

Desde los albores de la humanidad, en la pluralidad de culturas que habitan nuestro planeta (más de 7 mil pueblos aproximadamente), el ser humano ha desarrollado una relación religiosa y espiritual profundamente vinculada a la Naturaleza. En ella se da el primer ámbito de revelación del Misterio, el primer espacio donde el ser humano experimenta lo sagrado y percibe la trascendencia.

La Naturaleza constituye el lugar originario del encuentro con el misterio de la vida: allí el ser humano se abre a los espíritus, a la belleza natural, al asombro ante lo creado. Frente a esta realidad existencial, se inicia un diálogo vital, simbólico y ritual, mediante el cual la persona se inclina, se postra y se dispone interiormente a buscar sentido a su existencia, a sus acciones y a su pensamiento.

Con el progresivo despertar de la conciencia, el ser humano comienza a interrogarse: ¿quién soy?, ¿cuál es mi lugar en el mundo?, ¿qué sentido tiene la vida? Los fenómenos naturales como la lluvia, el sol, el terremoto, el amanecer, el ocaso, el día y la noche. Se convierten en mediaciones que cuestionan y provocan. El ser humano se siente perplejo y sobrecogido ante el ciclo de nacer, crecer y morir que atraviesa a todos los seres vivos.

El mar, los ríos, las montañas, los árboles, los animales e incluso los seres más pequeños se convierten en maestros silenciosos que conducen a una búsqueda profunda del sentido de la vida. Ante el enigma del existir, el ser humano va elaborando respuestas simbólicas mediante elementos de la naturaleza: flores, plantas, animales, piedras, tótems y fetiches, configurando así una espiritualidad natural, cósmica, integral y comunitaria.

Desde tiempos prehistóricos, especialmente desde el Paleolítico, se desarrollan prácticas rituales vinculadas al fuego, al agua, a la caza y al movimiento. Surgen espacios sagrados como cuevas, montañas, claros del bosque, como lugares privilegiados para el encuentro con el Misterio. En esta etapa se estructuran los ritos, las hierofanías, las expresiones artísticas y los símbolos religiosos. El fuego, en casi todas las culturas, representa el centro del encuentro comunitario, la vida, la protección y la trascendencia.

Las primeras creencias religiosas se articulan en torno a la muerte, como intento de comprender lo desconocido y lo trascendente. De allí nacen los cultos, los sacrificios y las narraciones míticas que integran lo humano y lo sobrenatural, incluso mediante figuras híbridas de hombres y animales, expresión simbólica de la unidad entre lo humano y lo cósmico.

Esta espiritualidad originaria configura una cosmovisión cíclica, espiral e integral de la existencia. Los valores y arquetipos no se viven como conceptos abstractos, sino como prácticas cotidianas que estructuran la vida comunitaria.

En síntesis, la espiritualidad comunitaria nativa es una espiritualidad integral: asume la vida, la identidad cultural y la relación armónica con la divinidad. La tierra, sus frutos, los animales, el agua, el viento, el sol, la luna y los fenómenos naturales participan de una sacralidad que expresa la presencia de lo divino en la creación.

Este aporte nace de mi praxis misionera sacerdotal. Son treinta y seis años de experiencia pastoral compartiendo la vida con comunidades negras, mestizas e indígenas, y de manera particular con el pueblo Mafa, en Camerún, África Central. Allí, a Dios se lo nombra como Zhigile, y la fe se vive en profunda armonía con la Naturaleza y con los tótems, especialmente los animales, como mediadores del equilibrio cósmico.

Recuerdo una experiencia significativa: acompañé a un hermano Mafa a la montaña para realizar un sacrificio ritual de un gallo en honor a Zhigile. En la cima, el animal fue ofrecido, su sangre derramada como signo de entrega, y se elevó la oración acompañada de chicha. Posteriormente, compartimos el alimento en comunidad. Toda la ceremonia tenía como finalidad agradar a Dios y restablecer la armonía. La espiritualidad Mafa, como muchas espiritualidades nativas, busca siempre el equilibrio entre el ser humano, la Naturaleza y la divinidad.

Estoy convencido de que toda espiritualidad auténtica busca la armonía. La espiritualidad constituye el núcleo fundamental del encuentro existencial del ser humano con el Misterio. Allí donde hay cultura, hay experiencia de lo sagrado.

Esta dimensión mística y pedagógica se expresa también en las grandes tradiciones religiosas de la humanidad:

-Javismo

-Sijismo

-Bahaismo

-Taoísmo

-Zoroastrismo

-Judaísmo

-Budismo

-Hinduismo

-Islam

-Cristianismo

-Nativas

-Sintoísmo

Todas estas tradiciones poseen textos sagrados, símbolos, narraciones o lenguajes rituales que expresan el vínculo profundo entre el ser humano y la divinidad. Por ello, es necesario cultivar una mentalidad macroecuménica, abierta al diálogo interreligioso, reconociendo que en todas las culturas florecen auténticos árboles frondosos de la fe.

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