Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña
Como sacerdote y miembro de la Iglesia Católica del Ecuador, elevo una voz profética de denuncia ante los acontecimientos que están golpeando a nuestro pueblo, especialmente en las regiones del norte del país, entre ellas la ciudad de Otavalo, cuna de identidades originarias y símbolo de resistencia cultural.
Expresamos nuestro profundo rechazo a toda forma de violencia institucional que atente contra la vida, la dignidad y los derechos fundamentales de la población civil. Ningún Estado ni autoridad puede justificar el uso desproporcionado de la fuerza ni la represión contra el propio pueblo, mucho menos contra comunidades históricamente marginadas.
La situación social del Ecuador es dramática: millones de ciudadanos viven bajo el umbral de la pobreza, miles de niños y jóvenes han abandonado sus estudios por falta de oportunidades, y el costo de vida continúa elevándose por encima de la capacidad económica de la mayoría de los hogares. Frente a este escenario de exclusión, la fe no puede permanecer en silencio, porque el Evangelio nos impulsa a actuar desde la compasión, la justicia y la esperanza.
Una población civil, golpeada por el hambre, el desempleo, la delincuencia, etc. Donde más de 7 millones de ecuatorianos viven con menos de 4 dólares diarios, donde más de 250 mil niños, jóvenes y adolescentes han abandonado los estudios en los últimos años. Donde la canasta básica de alimentos está por encima de 500 dólares. Ante esta realidad no podemos quedarnos quietos ni callados, porque seríamos traidores al Espíritu del Señor Jesús.
Los profetas del Antiguo Testamento recordaban con firmeza: “No desprecien al pobre ni opriman al débil” (Prov 22,22). Y Jesús, con autoridad divina, proclamó: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mt 5,6). La misión de la Iglesia, inspirada en estas palabras, es acompañar el sufrimiento del pueblo y alzar la voz ante toda forma de opresión, corrupción o injusticia.
Exigimos, con sentido pastoral y compromiso ciudadano, que se restablezca el diálogo, el respeto y la paz social, que cesen las acciones violentas y se escuchen los clamores del pueblo. No podemos permitir que la institucionalidad se degrade hasta convertirse en instrumento de represión.
El dolor de un pueblo que clama justicia es también un signo del Espíritu que se manifiesta en la historia. Creemos firmemente que, aún en medio de la oscuridad, el Espíritu Santo sigue suscitando esperanza y renovación. En estas horas difíciles, confiamos en que el Reino de Dios se abrirá paso, y que la justicia, la verdad y la paz florecerán nuevamente sobre nuestra tierra.





















