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Teología de la calle: Amor, fuerza vital para caminar juntos

Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña

Querida Gabriela: te conocí cuando apenas tenías diez años, en aquella comunidad eclesial donde, junto a tus padres y hermanos, participabas cada domingo en la celebración de la Eucaristía. Aquella presencia familiar en la Iglesia fue, sin duda, uno de los regalos más significativos que tus padres pudieron ofrecerte: enseñarte a caminar en la fe, a descubrir a Dios en la comunidad y a comprender que la vida cristiana no se vive en soledad, sino en comunión.

Como sacerdote, tuve el privilegio de contemplar tu crecimiento humano, afectivo y espiritual. Te vi crecer y descubrir, poco a poco, los caminos que la vida iba colocando delante de ti. Hoy, el discernimiento personal y la gracia de Dios te conducen hacia una nueva etapa: el matrimonio, comprendido no solamente como un proyecto humano de convivencia, sino como un verdadero lugar teológico, es decir, un espacio concreto donde Dios se revela, acompaña, transforma y santifica la existencia cotidiana.

Ahora, junto a Paolo, comienzan un nuevo camino. El amor matrimonial está llamado a ser mucho más que un sentimiento pasajero. Es una vocación, una alianza y una fuerza vital capaz de transformar la vida cuando se fundamenta en Cristo. Es un amor que aprende a escuchar, a perdonar, a esperar, a servir y a permanecer. Es un amor que no busca únicamente la felicidad personal, sino que descubre la alegría profunda de hacer feliz al otro.

El verdadero amor cristiano posee ternura y esperanza. No se encierra en el egoísmo ni se deja vencer por la mezquindad; por el contrario, abre las puertas de la solidaridad, del servicio y de la fraternidad. Amar significa aprender a caminar al ritmo del otro, sostenerse mutuamente en las dificultades y celebrar juntos las alegrías. Significa comprender que la vida matrimonial no consiste en que dos personas caminen una al lado de la otra, sino en que ambas aprendan a caminar hacia una misma esperanza.

Por eso, Gabriela y Paolo: sigan adelante. No retrocedan ante las dificultades. Habrá días luminosos y también jornadas de incertidumbre; habrá momentos de entusiasmo y otros en los que será necesario renovar la decisión de permanecer juntos.

Recuerden siempre que no caminan solos. Cristo camina con ustedes. María Santísima acompaña su hogar con la ternura de una Madre, y sus padres, hermanos, familiares y amigos constituyen esa red de afectos que puede convertirse en una verdadera comunidad de apoyo.

San Pablo, en su Primera Carta a los Corintios, nos ofrece una de las síntesis más profundas de la existencia cristiana: el amor es paciente, servicial y capaz de perseverar. Todo carisma, todo servicio, toda obra humana pierde su verdadero sentido cuando carece de amor. El amor no es una debilidad; es la fuerza espiritual que permite permanecer firmes cuando las circunstancias de la vida ponen a prueba nuestras decisiones.

Por eso, el amor matrimonial debe convertirse en una espiritualidad cotidiana. Se expresa en una palabra pronunciada con ternura, en un perdón ofrecido sinceramente, en una mano que sostiene al otro cuando las fuerzas faltan, en el silencio respetuoso, en la responsabilidad compartida y en la capacidad de volver a comenzar.

El papa Francisco nos ha recordado insistentemente la importancia de la sinodalidad, de aprender a caminar juntos. Esta expresión adquiere una particular profundidad en la vida matrimonial: caminar juntos significa escucharse, discernir juntos, tomar decisiones en comunión y reconocer que ninguno de los dos posee toda la verdad ni toda la fuerza. El matrimonio se convierte así en una pequeña Iglesia doméstica, una comunidad de vida y amor donde la presencia de Dios puede hacerse visible en los gestos sencillos de cada día.

Hoy les hablo también desde mi propia fragilidad. Mientras ustedes comienzan este nuevo camino, yo atravieso una experiencia dolorosa ante la enfermedad de mi madre. Esta realidad me ha llevado a contemplar con mayor profundidad el misterio de la vida, de la fragilidad humana, del sufrimiento y de la esperanza. En medio de la angustia existencial, uno descubre que la fe no elimina las lágrimas, pero sí nos enseña a llorar con esperanza; no evita todas las cruces, pero nos recuerda que ninguna cruz tiene la última palabra.

Desde esta experiencia personal, quiero hacerme presente espiritualmente en este momento tan significativo de sus vidas. Mi bendición sacerdotal se dirige a ustedes, Gabriela y Paolo, y también a sus familias y amigos. Que el Señor les conceda una vida fecunda en amor, responsabilidad y servicio. Si Dios les concede la gracia de tener hijos, que puedan educarlos no solamente con palabras, sino fundamentalmente con el testimonio de una vida coherente, solidaria y profundamente humana.

Hoy comienza para ustedes un nuevo peregrinar. Y los caminos de la vida no siempre serán como los imaginamos; muchas veces se presentarán de manera inesperada. Sin embargo, precisamente allí se manifiesta la capacidad humana y cristiana de discernir, adaptarse, crecer y confiar.

Somos seres en permanente transformación. Somos capaces de cambiar, de aprender, de sanar heridas y de construir nuevas posibilidades. Pero también somos llamados a ser personas solidarias, capaces de reconocer en el otro un don y no una amenaza. El amor auténtico no paraliza: el amor hace crecer, libera, humaniza y conduce hacia Dios.

Gabriela y Paolo, que su hogar sea una casa abierta a la vida, a la fraternidad y a la esperanza. Que nunca les falte la capacidad de mirarse con ternura, escucharse con respeto y perdonarse con humildad. Que cuando lleguen las dificultades puedan recordar por qué decidieron caminar juntos y que, cuando lleguen las alegrías, sepan compartirlas con quienes los rodean.

Que Jesucristo, Señor de la Vida y compañero de nuestro caminar, sea siempre el centro de su alianza. Que María Santísima, Madre del amor y mujer del “sí”, les enseñe a confiar en Dios incluso cuando no comprendan plenamente los caminos que Él coloca delante de ustedes.

Desde mi realidad, desde mis alegrías y también desde mis propias lágrimas, les deseo lo mejor de lo mejor. Reciban mi abrazo fraterno y mi bendición sacerdotal.

Que el amor sea siempre su fuerza vital para caminar juntos.

Con afecto y Bendición.
P. Vicente Aníbal Romero Peña
Sacerdote del pueblo
Desde la Capital Bananera del Mundo, tierra de cocos, palmeras, trabajo, esperanza y fraternidad.

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