Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña
La entrada de Jesús a Jerusalén constituye un acontecimiento profundamente simbólico y teológicamente subversivo. Jesús de Nazaret no irrumpe en la ciudad montado en un caballo, símbolo del poder imperial y de la dominación, sino sobre un burro, signo de humildad, mansedumbre y coherencia evangélica.
Este gesto no es accidental, sino una manifestación concreta del Reino de Dios que se opone a las lógicas de opresión y violencia del imperio.
La llamada “entrada triunfal” no puede comprenderse desde categorías triunfalistas convencionales, sino como una irrupción profética protagonizada por los pobres, los marginados y los excluidos de la historia. Se trata de una toma simbólica de la ciudad por aquellos que han sido históricamente invisibilizados, quienes, en Jesús, encuentran dignidad, voz y esperanza.
En este contexto, el Domingo de Ramos se convierte en una interpelación directa a la praxis cristiana contemporánea. Hoy estamos llamados a reanimar y actualizar este gesto profético en medio de nuestras realidades sociales, marcadas por profundas desigualdades, exclusión estructural y crisis de sentido.
No se trata únicamente de una conmemoración litúrgica, sino de una invitación a encarnar una fe comprometida, capaz de transformar la historia.
Jesús nos convoca a una experiencia integral que articula contemplación y acción, mística y compromiso. La contemplación auténtica no evade la realidad, sino que la ilumina desde la fe, impulsando una praxis liberadora. En la coyuntura actual, caracterizada por la injusticia social, la violencia estructural y la indiferencia colectiva, emerge con fuerza el clamor profético: otro mundo es posible.
No podemos sucumbir a la tentación de la pasividad ni a la normalización de las realidades injustas. El silencio ante la opresión constituye una forma de complicidad. Medidas superficiales, como el control social sin transformación estructural, o la indiferencia ante el sufrimiento del otro, no generan cambios reales ni duraderos.
Sólo a través de una conciencia crítica, iluminada por el Evangelio, y de una praxis solidaria y comprometida, será posible hacer realidad el sueño de Jesús: la instauración de un mundo más justo, fraterno y humano, donde la dignidad de cada persona sea reconocida como fundamento inalienable del Reino de Dios.






















