Por: Padre Vicente Aníbal Romero Peña
Con ocasión del IV Encuentro de Sacerdotes de la Iglesia de los Pobres, que se celebró en la querida Diócesis de Buenaventura, Colombia, les hago llegar mi saludo fraterno desde la ciudad de Machala, provincia de El Oro, en la República del Ecuador.
Nos encontramos atravesando un tiempo histórico marcado por profundas contradicciones. Por una parte, el Espíritu Santo continúa suscitando gestos de solidaridad, fraternidad y esperanza entre los pueblos; por otra, contemplamos con dolor cómo las estructuras de poder y los intereses hegemónicos continúan oprimiendo a las grandes mayorías, generando exclusión, desigualdad y desesperanza.
En medio de esta realidad, la Iglesia está llamada a renovar su fidelidad al Evangelio de Jesucristo, haciéndose cada vez más cercana a quienes sufren y más comprometida con la defensa de la dignidad humana.
Nuestros encuentros sacerdotales no pueden reducirse únicamente a espacios de reflexión académica o de fraternidad ocasional; están llamados a convertirse en auténticas experiencias de comunión eclesial, de discernimiento profético y de conversión pastoral.
Necesitamos relaciones más transparentes, más sinceras y profundamente evangélicas, capaces de fortalecer nuestra misión como servidores del Reino de Dios.
América Latina continúa siendo el continente de la esperanza. Así lo proclamó con convicción profética Monseñor Gerardo Valencia Cano, quien comprendió que la Iglesia encuentra su verdadero rostro cuando camina junto a los pobres. Lo confirmó con el testimonio de su martirio San Óscar Arnulfo Romero, cuya voz sigue resonando como conciencia profética de nuestro continente y de toda la Iglesia.
Lo siguen proclamando hoy los clamores de millones de hombres y mujeres empobrecidos, cuya dignidad herida interpela constantemente nuestra fe y nuestra acción pastoral.
La Teología de la Calle nace precisamente de esa escucha creyente de la realidad. Es una teología que brota del encuentro con el Cristo crucificado y resucitado, presente en los rostros de quienes padecen el abandono, la violencia, la pobreza y la exclusión. No es una reflexión elaborada únicamente desde los libros, sino desde la vida concreta de los pueblos; desde las periferias existenciales donde Dios continúa revelando su amor y donde el Evangelio adquiere toda su fuerza liberadora.
Desde lo más profundo de mi existencia sacerdotal les envío un abrazo fraterno. Caminemos juntos en la construcción del Reino de Dios, una comunidad donde nadie sea excluido, donde la justicia y la misericordia se abracen, donde la fraternidad sea el signo visible del amor del Padre y donde el servicio humilde haga presente el rostro compasivo de Cristo.
Finalmente, deseo compartir con ustedes una circunstancia profundamente personal. Mi madre, doña Hortensia, atraviesa un delicado estado de salud. Como hijo y como sacerdote, siento que el amor filial forma parte inseparable de mi vocación ministerial. En ella reconozco el don de la vida que Dios me concedió y el primer testimonio de fe que recibí. Por esta razón, mi deber pastoral se une hoy al cuidado amoroso de quien ocupa un lugar privilegiado en mi corazón. Les agradezco sus oraciones y su cercanía espiritual.
Que el Señor Jesús, Buen Pastor, la intercesión de la Santísima Virgen María y el testimonio de los santos de nuestro continente fortalezcan nuestro ministerio sacerdotal y renueven en nosotros la alegría de servir al Pueblo de Dios.
Con afecto fraterno y en comunión de oración, P. Vicente Aníbal Romero Peña,
Sacerdote de la Diócesis de Machala,
República del Ecuador.






















