Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña
Hay momentos en la existencia humana que no pueden explicarse únicamente con la razón. Son acontecimientos que desbordan nuestras categorías intelectuales y nos obligan a entrar en el terreno del misterio. Hoy atravieso uno de esos momentos coyunturales de mi historia personal: mi amada madre, Hortensia Barbarita, vive una prolongada agonía, ese umbral silencioso donde la vida parece dialogar lentamente con la eternidad.
Ante su lecho vuelven a surgir las preguntas fundamentales que han acompañado al ser humano desde el inicio de la historia: ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué la enfermedad? ¿Por qué la vejez? ¿Por qué tiene que ser así? Son interrogantes que, muchas veces, no encuentran respuestas definitivas. La ancianidad, la fragilidad y el dolor continúan siendo uno de los grandes misterios de la condición humana.
El filósofo existencialista Gabriel Marcel afirmaba con profunda sabiduría: «La vida es un misterio que debe vivirse, no un problema que deba resolverse.» Y es precisamente desde ese misterio donde vuelvo a preguntarme: ¿Para qué vivir? ¿Cuál es el sentido de haber nacido?
Como creyente en Jesucristo, descubro que la existencia no es un absurdo ni un accidente del destino. La vida posee un significado trascendente que encuentra su plenitud en el amor de Dios. Ese sentido quisiera expresarlo con una palabra profundamente popular, sencilla y llena de fuerza: ÑEQUE.
El ÑEQUE, es esa energía interior que nace de la esperanza; es la fortaleza espiritual que permite levantarse después de cada caída; es la capacidad de seguir amando cuando el dolor parece tener la última palabra. No proviene únicamente de nuestras fuerzas humanas, sino de la gracia que Dios concede a quienes confían en Él. Es la resistencia silenciosa de quienes jamás se dejaron derrotar por las noches oscuras de la existencia.
Ese ÑEQUE lo aprendí contemplando la vida de mi madre. Ha sido una mujer fuerte, sabia, austera, perseverante y profundamente servicial. Una mujer de temple estoico que jamás renunció al trabajo, al sacrificio ni a la entrega por los suyos. Hoy su cuerpo habla el lenguaje del cansancio, pero su historia continúa b::::bb:o la dignidad de una vida ofrecida por amor.
Mientras observo su rostro, descubro que cada arruga es un capítulo de su existencia; cada surco de su piel es la memoria de innumerables sacrificios; cada silencio guarda alegrías compartidas, lágrimas ocultas, luchas silenciosas y esperanzas que solamente Dios conoce. Hay dolores que una madre nunca comunica porque los transforma en oración.
Su silencio me conduce inevitablemente al silencio de Jesús de Nazaret, que aceptó el sufrimiento sin perder la confianza en el Padre, y también a la esperanza anunciada por el profeta Isaías: «Este es nuestro Dios; en Él esperábamos y Él nos ha salvado. Alegrémonos y gocémonos en la salvación que nos concede.» (Isaías 25,9)
En medio de esta experiencia comprendo que el amor verdadero nunca desaparece. Cambia de forma, se purifica y se hace eterno. La maternidad no termina cuando las fuerzas físicas se extinguen; continúa viva en cada valor sembrado, en cada gesto aprendido y en cada hijo que lleva en su corazón la huella imborrable de quien le enseñó a vivir.
Madre querida, gracias por regalarme la vida. Gracias por tus desvelos, por tus sacrificios silenciosos, por tu fe sencilla, por enseñarme que el trabajo digno ennoblece al ser humano y que el amor siempre encuentra caminos para servir.
Gracias por caminar conmigo, por compartir mis sueños y permitirme compartir los tuyos. Muchas de aquellas ilusiones que nacieron en tu corazón hoy son parte de mi propia historia.
Si Dios decide llamarte a su presencia, no será una despedida definitiva. Será el paso hacia la plenitud prometida por Aquel que venció la muerte. Porque quienes hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sabemos que la muerte no tiene la última palabra; la última palabra siempre será la Resurrección.
Por eso hoy hago mías las palabras del libro del Apocalipsis: «Él enjugará toda lágrima de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo anterior habrá pasado.» (Apocalipsis 21,4).
Hoy no escribo solamente una reflexión. Escribo una acción de gracias. Escribo una oración. Escribo un acto de amor. Porque mientras una madre respira, incluso en el silencio de la agonía, continúa evangelizando con la elocuencia de toda una vida entregada.
Gracias, madre Hortensia Barbarita.
Tu vida ha sido Evangelio vivido. Tu amor permanecerá para siempre en quienes tuvimos la gracia de llamarte mamá.
Machala, 1 de agosto de 2026. Desde la casa de mi madre Hortensia, en el silencio donde Dios habla al corazón y el amor permanece más fuerte que el dolor.






















