Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña
El imperativo evangélico “levántate” se configura como una proclamación kerigmática que irrumpe en medio de las realidades históricas marcadas por estructuras de dominación y exclusión. En el contexto actual, donde persisten sistemas de opresión que vulneran la dignidad humana, la voz de Jesús de Nazareth resuena como un llamado profético a la restauración integral del ser humano.
Este mandato no es simplemente una orden física, sino una interpelación teológica que convoca a la conversión, a la praxis liberadora y a la recuperación de la esperanza escatológica. Levantarse implica asumir una actitud de resistencia espiritual frente al pecado estructural, y a la vez, un compromiso concreto con la justicia, la solidaridad y la transformación social.
No es la tristeza ni la desesperanza lo que define nuestra identidad como pueblo creyente, sino la capacidad de resiliencia sostenida por la gracia divina. En medio de contextos de crisis, desolación y sufrimiento, emerge una espiritualidad encarnada que nos impulsa a vivir desde la fe activa y comprometida.
Jesús continúa hoy dirigiéndose a todos los pueblos y culturas, invitándonos a superar la pasividad y el lamento estéril. Su palabra es dinamismo salvífico que nos proyecta hacia nuevos horizontes de vida, sin miedo y con audacia evangélica. Levantarse, entonces, es asumir la misión de ser signos vivos del Reino de Dios en la historia, construyendo caminos de dignificación, justicia y esperanza para toda la humanidad.





















