Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña
La noche anterior a la canonización, en mi habitación aquí en Roma, me hice una pregunta aparentemente simple, pero profundamente teológica: ¿Para qué sirve una canonización? Entre el silencio y el murmullo de mis propias respuestas, decidí mantenerme en vigilia. Así pasé la noche, hasta el amanecer del domingo 19 de octubre, en oración, contemplación y recogimiento espiritual. Al despuntar el alba, 05:00 emprendí mi camino hacia la Ciudad del Vaticano. Gracias a la inscripción previa, ingresé sin dificultad a la Plaza de San Pedro. Eran las 07:30 de la mañana y el ambiente ya era una sinfonía de fe universal: sacerdotes de diversos países como Ecuador, Colombia y muchas otras naciones, compartíamos sonrisas, recuerdos y fraternidad.
La Plaza de San Pedro, llena hasta los confines, acogía a más de cien mil fieles. Ondeaban banderas, se entrelazaban cantos y colores, pero, sobre todo, reinaba una alegría espiritual que hacía visible la catolicidad, esa universalidad del amor cristiano. La imagen peregrina del Señor de Ayavaca, procedente del Perú, parecía recordar que Cristo camina con los pueblos, entre sus culturas y sus dolores.
Esta plaza petrina, corazón simbólico de la Iglesia, se transformó en el Norte espiritual del mundo, una expresión viva de la Casa Común, de la Aldea Global de la fe, donde confluyen el Sur y el Norte, el Este y el Oeste en una liturgia del encuentro. Allí, nuestras múltiples espiritualidades se unieron en una sola celebración de esperanza.
A las diez en punto, las campanas del Vaticano anunciaron el inicio de la Santa Misa. Los cantos en latín que es la lengua universal de los bautizados, envolvían el ambiente con solemnidad. Al final de la procesión litúrgica apareció el Santo Padre, el Papa León XIV, quien presidió la Eucaristía. En el fondo de la Basílica, bajo la Gloria de Bernini, se desplegaban los retratos de los siete nuevos santos. Entre ellos, el que me había convocado interiormente: José Gregorio Hernández Cisneros, el Médico de los Pobres.
El cardenal relator presentó la biografía de cada nuevo santo. Y cada vez que un nombre resonaba, el Pueblo de Dios respondía con un aplauso que era oración, júbilo y reconocimiento. Aquella liturgia, profunda y universal, no era una ceremonia fría ni distante, sino una expresión inculturada del Misterio, donde cada pueblo traduce su fe según su lenguaje y sus símbolos.
La liturgia cuando es auténtica encarna el alma de los pueblos. Por eso, mientras contemplaba aquella multitud orante, pensaba que así de llena debería estar nuestra esperanza, nuestros sueños y nuestras *utopías*, llamadas a transformarse en *topías*, es decir, en realidades concretas de fraternidad y justicia, evitando caer en *distopías* de egoísmo y exclusión.
En ese océano humano, me sentí parte del óleo universal de la fraternidad. Mi mente se dirigió al Ecuador, a su dolor, a sus heridas, a su gente que sufre bajo la opresión de sistemas injustos. Pensé en María Troncatti, una de las nuevas santas, misionera salesiana italiana que entregó su vida en el oriente ecuatoriano y murió en un accidente de aviación. A ella elevé mi súplica por nuestros pueblos indígenas, mestizos, afrodescendientes y campesinos, para que encuentren consuelo y dignidad.
Comprendí entonces que necesitamos una fe con sensibilidad social y lucidez crítica, una fe encarnada en la historia y comprometida con los pobres. Una fe que, como el joven David, se atreva a enfrentarse al Goliat de los sistemas que oprimen.
Oré por mis amigos, mis familiares, por los educadores y estudiantes del colegio la Inmaculada y por toda la Diócesis de Machala.
Al regresar a mi alojamiento en Roma, el cansancio físico se mezclaba con la serenidad del alma. Llevaba conmigo la gracia de haber sido testigo de una teofanía de la esperanza, y de una epifanía insurrecional, acontecimiento que vuelve visible el rostro de Dios en la santidad de hombres y mujeres que, como José Gregorio y María Troncatti, han hecho del Evangelio una praxis de amor y justicia.





















