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Teología de la calle: En las montañas de Mokolo, Camerún

Por: Padre Vicente Aníbal Romero Peña

La misión constituye una fortaleza espiritual que nace del encuentro con Dios y se expresa en la alegría de compartir la fe, la esperanza y el amor con los demás. Allí donde nos encontremos, estamos llamados a ser constructores de una esperanza renovada, de una fe viva y de una alegría que brota del Evangelio. La misión no es una tarea ajena a la existencia humana, sino una dimensión fundamental de la vida cristiana, que se realiza en la cotidianidad y en las relaciones con nuestros hermanos.

Como discípulos misioneros de Jesucristo, estamos llamados a participar activamente en la construcción del Reino de Dios. Jesús nos invita a ser Buena Noticia para el mundo, anunciando con nuestras palabras y, sobre todo, con nuestro testimonio de vida, la presencia salvadora de Dios en medio de la humanidad. Este anuncio comienza en el núcleo familiar, se fortalece en la comunidad y se proyecta hacia todos los espacios donde se desarrolla la vida humana.

La misión no es proselitismo religioso.

No consiste en imponer una determinada creencia, ni en buscar la adhesión de las personas mediante la presión o la imposición. La misión cristiana nace del amor de Dios y se orienta al encuentro, al diálogo y al servicio. Es descubrir, con una mirada de fe, las huellas de la presencia divina en cada pueblo, en cada cultura y en cada realidad humana. Dios se hace presente en la historia de los pueblos, en sus luchas, en sus esperanzas, en sus sufrimientos y en sus expresiones culturales. Por ello, evangelizar implica aprender a escuchar, acompañar y reconocer la acción del Espíritu Santo en la vida de las personas.

Los documentos del magisterio de la Iglesia, como el Concilio Vaticano II y las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano de Puebla, Santo Domingo y Aparecida, nos ofrecen orientaciones fundamentales para comprender una evangelización que parte de la realidad concreta. Estos acontecimientos eclesiales nos recuerdan que la misión debe ser encarnada, cercana y comprometida con la dignidad humana. La Iglesia está llamada a anunciar el Evangelio desde las circunstancias históricas de los pueblos, iluminando sus búsquedas y acompañando sus procesos de transformación.

En el Ecuador vivimos situaciones de pobreza, abandono, exclusión y destrucción que afectan profundamente la vida de nuestras comunidades. Esta realidad nos interpela como creyentes y nos invita a asumir una responsabilidad profética frente al sufrimiento de nuestros pueblos. Es la hora de recuperar la dignidad, la identidad y la memoria histórica del pueblo indoafroecuatoriano, reconociendo la riqueza de sus culturas, sus tradiciones, sus luchas y sus aportes a la construcción de la sociedad. La evangelización no puede permanecer indiferente ante las injusticias, sino que debe promover la fraternidad, la solidaridad y la defensa de la vida.

Es el momento de reconstruir las alegrías y las esperanzas desde la sencillez de la vida cotidiana. No podemos dejarnos vencer por la desesperanza, el desaliento o la indiferencia. Con paciencia, serenidad y discernimiento espiritual, estamos llamados a caminar a la luz de la Palabra de Dios, descubriendo en ella la fuerza que orienta nuestras decisiones y sostiene nuestra misión. La esperanza cristiana no significa ignorar las dificultades, sino afrontarlas con fe, compromiso y confianza en el Señor.

Reconstruir los sueños y las esperanzas implica volver a creer en las personas, en las comunidades y en la capacidad de los pueblos para transformar su historia. La misión nos convoca a ser presencia cercana de Cristo en medio de las realidades humanas, especialmente allí donde existen dolor, pobreza y abandono. Desde la vida práctica, desde la calle y desde el corazón de nuestros pueblos, estamos llamados a hacer visible el Reino de Dios mediante el servicio, la justicia, la misericordia y el amor fraterno. Solo así nuestra misión será verdaderamente una expresión de la fe que se encarna en la historia y se convierte en esperanza para todos.

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