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Teología de la calle: El valor de la amistad

Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña

El pasado 28 de agosto de 2026, nos hemos vuelto a encontrar los amigos y amigas del querido Colegio 9 de octubre. Han pasado los años, han cambiado nuestros rostros, nuestras responsabilidades y nuestras circunstancias; sin embargo, hay algo que permanece intacto: la amistad que nació en las aulas y que el tiempo no ha podido borrar.

Vivir nuevamente la experiencia de un encuentro con los amigos es despertar una alegría que permanecía guardada en lo profundo del corazón. Cada encuentro produce una especie de enzima de fraternidad, capaz de renovar los afectos, despertar los recuerdos y devolvernos, por unos instantes, a aquellos años maravillosos de nuestra adolescencia.

Recordamos tantos momentos vividos juntos: el famoso baile del novato, animado por la orquesta Los Beats; las campañas estudiantiles; las manifestaciones sociales; los primeros enamoramientos; los paseos; las travesuras juveniles; las fugas; aquel cigarrillo fumado a escondidas; escaparse de alguna clase; copiar en los exámenes y, después, correr para preparar las tareas.

Eran tiempos de aprendizaje, de rebeldía y de sueños. También aprendimos el valor de la responsabilidad: preparar nuestras lecciones, cumplir con nuestras obligaciones y llegar puntualmente a clases. Poco a poco, todas aquellas experiencias fueron construyendo nuestra identidad social, política, religiosa y cultural.

Fueron años estudiantiles en los que la disciplina y la puntualidad se convirtieron en verdaderos estandartes. Nuestros maestros no solamente nos transmitieron conocimientos, también contribuyeron a formar nuestro carácter y nos motivaron a convertirnos en personas de bien.

¿Cómo no recordar a algunos de aquellos profesores que dejaron una huella profunda en nuestra vida?

La abogada Bertha Romero, con su carácter firme y su exigencia, nos introducía en la gran aventura de la literatura. El recordado profesor de Matemáticas, Alberto Game, a quien cariñosamente algunos llamábamos “el ogro”, nos enfrentaba al desafío de los números y las fórmulas. El profesor de Historia, Rodolfo Echeverría, llenaba las aulas de alegría y entusiasmo.

Recordamos también la serenidad y templanza de la profesora Tula, y la sencillez de Kléber Torres, maestro de Lógica y Ética.

Cada uno, desde su personalidad y su manera particular de enseñar, dejó una enseñanza en nosotros. Marcaron la vida de aquellos chicos y chicas que llegábamos cada mañana al colegio con sueños, inquietudes, esperanzas y deseos de conquistar el futuro.

Y, por supuesto, aparecen también en nuestra memoria los amores platónicos de aquellos años: Lourdes, Jenny, Rocío, Javier, Rosita, Vicente; la pandilla de Homero; Alfredo del Peso; Mayury; Carmen; el silencio de Mercy, de Tula y de tantos otros amigos y amigas cuyos nombres permanecen escritos en la memoria del corazón.

Fuimos octubrinos.

Fuimos luchadores, resistentes, bailarines y soñadores. Éramos jóvenes que, desde nuestras posibilidades, imaginábamos y deseábamos construir una sociedad nueva, más humana, más justa y más fraterna.

Hoy, cuando muchos de nosotros hemos llegado a la llamada tercera edad, podemos mirarnos con alegría y decir: lo hemos logrado.

Tal vez no alcanzamos todos los sueños que imaginamos cuando éramos adolescentes. Quizá la vida nos llevó por caminos diferentes, con triunfos, fracasos, alegrías, dolores y despedidas. Pero, poco o mucho, somos personas que hemos caminado, trabajado, luchado y contribuido a transformar nuestra realidad.

Seguimos siendo, de alguna manera, personas de cambio y de esperanza. Este encuentro nos recuerda que la vida no puede medirse solamente por los años transcurridos, sino por las personas que hemos amado, por las amistades que hemos conservado y por las huellas que hemos dejado en el camino.

La amistad es uno de los grandes regalos de Dios. Un verdadero amigo conoce nuestra historia, comprende nuestros silencios y, a pesar del paso del tiempo, puede volver a encontrarse con nosotros como si los años nunca hubieran pasado.

Por eso, hoy damos gracias.

Gracias, amigos y amigas, porque este encuentro ha sido una verdadera celebración de la vida. Ha sido la confirmación de que muchos sueños se realizaron y de que otros todavía siguen vivos en nuestro corazón.

Dios nos acompaña en esta hermosa tarea de valorar, cuidar y agradecer la amistad.

Que nunca perdamos la capacidad de encontrarnos, de abrazarnos, de recordar y de reírnos de nuestras propias historias. Porque mientras exista un amigo con quien compartir la memoria, la juventud seguirá viviendo en algún rincón del alma.

Gracias a nuestros padres y madres, a nuestras hermanas y hermanos, a nuestros maestros y maestras y a todas las personas que caminaron junto a nosotros. Hoy comprendemos que la vida ha sido un gran viaje, y que cada encuentro es una oportunidad para agradecer el camino recorrido.

Desde Aroma de café en Machala, tierra de todos, recordando el paso existencial de nuestra vida.

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