Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña
María, la Madre de Jesús de Nazareth, se configura en la tradición teológica como la discípula paradigmática que encarna la fe perseverante en el itinerario pascual. Su presencia, desde el viacrucis hasta la experiencia luminosa de la resurrección, no es meramente afectiva, sino profundamente teologal: María es testigo y partícipe del misterio salvífico.
En clave litúrgica, María se sitúa en el corazón del Triduo Pascual como figura de la Iglesia vigilante. En el silencio del Sábado Santo, su fe no claudica, sino que se transforma en espera activa, en una auténtica “vigilia de esperanza”. Mientras los discípulos se dispersan, ella permanece en actitud de escucha y contemplación, sosteniendo la promesa de Dios incluso en la aparente ausencia del Resucitado.
Esta dimensión mariana se actualiza en la praxis litúrgica de la Vigilia Pascual, donde la Iglesia, siguiendo el modelo de María, aguarda en oración el triunfo de la vida sobre la muerte. Así, María no sólo acompaña a su Hijo, sino que anticipa la fe eclesial, convirtiéndose en signo escatológico de la comunidad creyente que espera contra toda esperanza.
Por tanto, María es icono de la fe madura, de la fidelidad en la prueba y de la esperanza que se consuma en la resurrección.





















