ActualidadEcuadorEl OroOpiniónPortadaSaludSeguridadSocial

Teología de la calle: A mi madre, Hortensia Romero Peña

Por: Padre Vicente Aníbal Romero Peña

Memoria, amor y esperanza en la resurrección

Hoy me encuentro en la sala de velación Los Ángeles, contemplando el misterio de la muerte y abrazando, desde la fe, el acontecimiento de la vida eterna. El 29 de septiembre, a las cinco de la tarde, mi madre, Hortensia Romero Peña, murió en mis brazos. El Dios de la Vida me concedió el profundo y doloroso deseo de acompañarla en su último instante, sostenerla entre mis brazos y permanecer junto a ella hasta el umbral de la eternidad. En ese momento comprendí que el amor verdadero no termina con la muerte: atraviesa la muerte y se abre al misterio de la resurrección. 

Creo firmemente que la resurrección es insurgente, porque se levanta contra toda forma de muerte, contra el olvido y contra la desesperanza. La muerte no tiene la última palabra. El Dios de Jesús es el Dios de la vida, y en Él la existencia humana no termina, sino que se transforma. Por eso, en medio de este dolor, descubro una fuerza transformante: el sufrimiento puede convertirse en memoria, la ausencia en presencia interior y las lágrimas en una forma profunda de esperanza. Como discípulo de Jesús, camino entre el Viernes Santo de la pérdida y la aurora pascual de la resurrección.

Hortensia, tú fuiste estandarte de alegría, ñeque, fortaleza y algarabía. Tu vida fue una expresión de vitalidad, de lucha y de amor. En ti aprendí que vivir también significa resistir, levantarse, celebrar y caminar junto a los demás aun en medio de las dificultades. Hoy tu cuerpo descansa, pero tu historia continúa hablando en quienes recibimos tu amor. Tu existencia se ha convertido en memoria viva y en legado espiritual.

Gracias, madrecita, por tu cariño, por tu entrega y por haberme enseñado, con tu propia vida, el valor de permanecer unidos en el dolor y en la paz. Hoy que ya no estás físicamente, te llevo tatuada en mi ser. No es un tatuaje de tinta, sino una inscripción profunda en el alma: llevo grabada en mí la vitalidad que me diste, tus palabras, tus gestos, tus luchas, tus alegrías y todo aquello que hizo de ti una presencia irrepetible. Tu amor forma parte de mi identidad y continuará acompañando mi camino.

Hoy creo que estás con Jesús y María Santísima, participando de la vida plena que Dios promete a sus hijos. No imagino tu morada eterna solamente como una gloria de Bernini, hecha de mármoles, columnas y formas humanas, sino como la gloria de la Resurrección: el misterio de Dios que vence definitivamente la muerte y abre para nosotros la plenitud de la vida. Allí donde ya no existe el sufrimiento, ni el llanto, ni la muerte, sino la comunión definitiva con el Dios de la Vida.

Madrecita, tu muerte no borra tu presencia; la transforma. Ya no puedo abrazarte con mis brazos, pero puedo abrazarte con la memoria. Ya no puedo escuchar tu voz como antes, pero puedo reconocerla en todo lo que sembraste en mí. Ya no caminarás físicamente a mi lado, pero tu vida seguirá caminando conmigo.

Descansa en la paz del Dios de la Vida, Hortensia Romero Peña.

Tu partida me duele, pero tu memoria me fortalece.
Tu ausencia me quiebra, pero tu amor me sostiene.
Tu muerte me confronta, pero la fe me anuncia que la vida continúa.
Porque el amor no muere.
La memoria no muere.
La esperanza no muere.
Y la última palabra no la tiene la muerte.

La última palabra la tiene la Resurrección.

Hasta encontrarnos nuevamente en la Pascua eterna, madrecita.

Artículos relacionados

1 de 2.829