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Teología de la calle: Cristo-Fascismo

Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña

Frente a los acontecimientos que actualmente atraviesa el mundo, resulta indispensable realizar una lectura crítica de la realidad social, política, cultural y religiosa. El resurgimiento de ideologías autoritarias, movimientos de extrema derecha, nacionalismos excluyentes y fanatismos político-religiosos nos invita a reflexionar desde la perspectiva de los valores éticos y morales y, particularmente, desde el horizonte de la teología política.

La teología no puede permanecer indiferente ante los acontecimientos históricos. La fe cristiana está llamada a interpretar los signos de los tiempos, discernir las estructuras que generan sufrimiento y denunciar toda realidad que atente contra la dignidad humana. Por ello, es necesario analizar críticamente aquellos discursos religiosos que, bajo una aparente defensa de Dios, de la patria, de la familia o de la moral, pueden convertirse en mecanismos de legitimación del poder, la exclusión y la dominación.

En este contexto, aparece el concepto de Cristo-fascismo, desarrollado y popularizado en la reflexión teológica contemporánea, especialmente por la teóloga alemana Dorothee Sölle. Este concepto permite comprender cómo determinados discursos religiosos pueden ser utilizados para legitimar ideologías autoritarias, totalitarias y profundamente excluyentes.

El Cristo-fascismo constituye una instrumentalización política de la fe, mediante la cual símbolos, conceptos y lenguajes religiosos son utilizados para justificar proyectos de poder. En esta lógica, el mesianismo cristiano es deformado y transformado en una herramienta ideológica. El lenguaje del Ungido, del Cristo, del Mesías o del Salvador puede ser trasladado a determinados líderes políticos, quienes son presentados ante la sociedad como redentores capaces de salvar a la nación, restaurar el orden o derrotar a los supuestos enemigos del pueblo.

De esta manera surge una peligrosa sacralización del poder político. Algunos dirigentes son presentados como figuras providenciales, como salvadores indispensables o como representantes exclusivos del bien. Quienes cuestionan su poder pueden ser identificados como enemigos, traidores o representantes del mal.

Aquí comienza a construirse una narrativa profundamente peligrosa: la división absoluta entre el bien y el mal, entre los buenos y los malos, entre los patriotas y los enemigos, entre los creyentes verdaderos y quienes son considerados una amenaza para la sociedad.

En estos discursos suelen aparecer símbolos religiosos, símbolos patrióticos y expresiones nacionalistas utilizados para despertar emociones colectivas y construir adhesiones políticas. Se invoca a Cristo Rey, a la Virgen como protectora de una nación, a los santos como defensores de determinadas causas políticas o se utilizan imágenes religiosas para justificar confrontaciones ideológicas.

La historia demuestra que la religión ha sido utilizada, en múltiples momentos, como un instrumento de legitimación del poder. Desde las religiones antiguas hasta las expresiones religiosas contemporáneas, han existido sectores que han pretendido manipular la experiencia espiritual de los pueblos para producir obediencia, miedo y sometimiento.

El ser humano, especialmente cuando vive situaciones de pobreza, enfermedad, exclusión, inseguridad o incertidumbre, puede convertirse en víctima de discursos que prometen una salvación inmediata. El miedo puede transformarse en un poderoso mecanismo de control.

El Cristo-fascismo se desarrolla precisamente cuando la experiencia religiosa deja de ser un camino de liberación y se convierte en una estructura ideológica de dominación. La fe deja de anunciar la dignidad humana y comienza a justificar la obediencia ciega. La religión deja de acompañar al pueblo y se transforma en un instrumento para controlar su conciencia.

Los grandes debates teológicos y eclesiales de la modernidad, especialmente aquellos vinculados con la renovación impulsada por el Concilio Vaticano II, insistieron en la necesidad de superar una visión religiosa desconectada de la realidad histórica. La Iglesia está llamada a caminar con la humanidad, a escuchar sus sufrimientos y a comprometerse con la construcción de una sociedad más justa.

Sin embargo, todavía existen discursos religiosos que utilizan los ritos, las devociones, las tradiciones y la religiosidad popular para manipular a las personas. Se presentan visiones pseudorreligiosas, pseudocientíficas o profundamente materialistas que reducen la fe a un mecanismo de control social.

El Cristo de los Evangelios no es el Cristo del poder absoluto.
Es el Cristo de los pobres.
El Cristo de los excluidos.
El Cristo que se pone del lado de quienes sufren.
El Cristo que denuncia la hipocresía religiosa.
El Cristo que cuestiona las estructuras de muerte.

Por eso, desde esta Teología de la Calle, seguimos afirmando:
¡La fe no puede ser utilizada para dominar!
¡El Evangelio no puede convertirse en ideología de odio!
¡Dios no pertenece a ningún proyecto autoritario!
¡Y Cristo jamás puede ser utilizado para justificar el fascismo!
Porque seguir a Jesús significa ponerse siempre del lado de la vida, de la justicia, de la dignidad y de los pobres.

Machala 3 de septiembre, del 2026. Por una patria que no utilice la religión para explotar.

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