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Teología de la calle: Espiritualidad planetaria comunitaria nativa, con motivo de 54 años de resurrección de Gerardo Valencia Cano

Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña

La Teología de la Calle surge como una reflexión teológica encarnada, situada en los márgenes de la historia y en el corazón de los pueblos. Es una teología que se gesta en la vida cotidiana, en la experiencia comunitaria y en el contacto directo con las culturas indígenas, negras y mestizas, donde la fe no se formula primero en conceptos, sino que se vive como praxis, símbolo y espiritualidad integral.

En este horizonte se inscribe la memoria profética de Gerardo Valencia Cano, obispo de Buenaventura, conocido como el obispo de los negros y de los pobres, a quien se recuerda en el aniversario de su pascua definitiva hacia la casa del Padre, el 21 de enero de 1972, hace 54 años.

Su itinerario pastoral, primero como vicario apostólico del Vaupés y luego como pastor del pueblo afrodescendiente del Pacífico colombiano, le permitió realizar una profunda sistematización espiritual intercultural, integrando lo indígena, lo negro y lo mestizo en una visión teológica abierta, comunitaria y cósmica.

Desde su experiencia, Gerardo supo reconocer que la espiritualidad nativa no es una religiosidad primitiva ni deficitaria, sino una auténtica mediación del Misterio. En su diario espiritual «Con Dios a la madrugada», dejó claves fundamentales para una espiritualidad planetaria:

1. El amor y valoración de la cultura como lugar teológico.

2. El respeto profundo por la experiencia religiosa de los pueblos.

3. La contemplación de la vida como camino místico.

4. La alegría transformadora como signo del Reino.

Estos principios dialogan profundamente con la espiritualidad comunitaria nativa, que hunde sus raíces en los albores de la humanidad. Desde las más de siete mil culturas que habitan el planeta, el ser humano ha desarrollado una relación religiosa estrechamente vinculada a la Naturaleza, entendida como el primer ámbito de revelación, el espacio originario donde se experimenta lo sagrado y se percibe la trascendencia.

La Naturaleza se presenta como hierofanía primordial: el mar, los ríos, las montañas, los árboles, los animales, el sol, la luna y los ciclos vitales se convierten en mediaciones simbólicas que interpelan al ser humano y lo conducen a preguntarse por el sentido de su existencia. Frente al misterio del nacer, crecer y morir, surge una espiritualidad cósmica, integral y comunitaria, expresada mediante ritos, mitos, símbolos y prácticas ancestrales.

Desde el Paleolítico, el fuego, el agua, la caza y el movimiento ritual configuran espacios sagrados como cuevas, montañas, claros del bosque, donde la comunidad se reúne para celebrar la vida y afrontar el enigma de la muerte. El fuego, en particular, aparece como símbolo universal de vida, protección, comunión y trascendencia. Las primeras creencias religiosas se estructuran en torno al misterio de la muerte y la necesidad de restaurar la armonía entre lo humano, natural y divino.

Esta espiritualidad originaria configura una cosmovisión cíclica, espiral e integral, donde los valores no se conciben como abstracciones, sino como prácticas cotidianas que sostienen la vida comunitaria. La tierra y sus frutos, los animales, el agua, el viento y los fenómenos naturales participan de una sacralidad que expresa la presencia activa de lo divino en la creación.

Desde mi praxis misionera sacerdotal, treinta y seis años compartiendo la vida con comunidades indígenas, negras y mestizas, y de manera especial con el pueblo Mafa en Camerún, he constatado que toda espiritualidad auténtica busca el equilibrio y la armonía. Allí, Dios es nombrado como Zhigile, y la fe se vive en profunda comunión con la Naturaleza y con los animales-tótems, entendidos como mediadores del orden cósmico.

Los rituales, los sacrificios y las celebraciones comunitarias no persiguen la violencia, sino la reconciliación de la vida y la restauración de la armonía quebrantada.

Esta experiencia confirma que allí donde hay cultura, hay experiencia de lo sagrado. Por ello, la Teología de la Calle asume una perspectiva macroecuménica e interreligiosa, reconociendo que en las diversas tradiciones espirituales como el Javismo, Judaísmo, Cristianismo, Islam, Hinduismo, Budismo, Taoísmo, Sintoísmo, religiones nativas y otras. No sólo existen semillas del Verbo, sino auténticos árboles frondosos de la fe, expresión viva del Misterio que se revela en la historia y en la creación.

En una sociedad marcada por el mercantilismo, el cansancio existencial y la autoflagelación cultural, esta espiritualidad planetaria comunitaria nos invita, desde Jesucristo y desde la sabiduría de los pueblos, a revalorizar lo cotidiano, lo natural y lo comunitario, abriendo caminos de esperanza, reconciliación y vida plena para toda la humanidad y para la casa común.

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