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Teología de la calle: Iglesia y actividad minera

Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña

Desde la perspectiva de la teología de la creación, el relato del Génesis nos presenta al ser humano como administrador y custodio de la obra creada por Dios. El mandato de dominar la tierra, no puede interpretarse en clave de explotación desmedida, sino como una responsabilidad ética de mayordomía, orientada al cuidado, la sostenibilidad y la preservación de la casa común. Se trata, por tanto, de una vocación al ejercicio responsable de la libertad humana en armonía con la creación.

Sin embargo, en el contexto contemporáneo, asistimos a una creciente absolutización del paradigma extractivista, donde los recursos naturales como el oro, cobre, plata, estaño, litio son objeto de una lógica utilitarista que prioriza la acumulación sobre el desarrollo humano integral. Este fenómeno revela una crisis antropológica y espiritual, en la que el tener se impone sobre el ser, generando dinámicas de inequidad, conflicto social y deterioro ecológico.

En este marco, el denominado proyecto minero Cangrejos, previsto en la provincia de El Oro, representa un desafío significativo. Su modalidad de explotación a cielo abierto implica riesgos sustanciales: desplazamiento de comunidades, contaminación de fuentes hídricas, fragmentación del tejido social, así como el incremento de problemáticas como la violencia, el alcoholismo y la corrupción estructural.

Según diversas fuentes, la concesión abarca aproximadamente 6.000 hectáreas, desde el sector Cerro Azul hasta el cantón Santa Rosa, involucrando la intervención de consorcios mineros internacionales.

Ante esta realidad, el Magisterio de la Iglesia, particularmente en la voz del Papa Francisco, ha sido claro y profético. En la exhortación apostólica Querida Amazonia, se nos exhorta a rechazar toda forma de devastación ambiental y a promover una ecología integral que articule el cuidado de la naturaleza con la dignidad de los pueblos. Esta enseñanza se inserta en la Doctrina Social de la Iglesia, que subraya el principio del bien común, la justicia social y el destino universal de los bienes.

Como Iglesia, entendida como Pueblo de Dios en camino, estamos llamados a ejercer un discernimiento comunitario serio, informado y responsable sobre este tipo de proyectos. Esto implica evaluar tanto sus posibles beneficios económicos como sus consecuencias sociales, culturales y ecológicas, a la luz del Evangelio y de los principios éticos cristianos.

Finalmente, la esperanza cristiana encuentra su fundamento en la persona de Jesucristo, quien nos recuerda: Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia. Esta plenitud de vida no puede reducirse a indicadores económicos, sino que abarca la integridad del ser humano y su relación armónica con Dios, con los demás y con la creación.

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