Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña
El 7 de agosto, en medio de profundas tensiones políticas y sociales, asumió la Presidencia de Colombia el señor Abelardo de la Espriella. Más allá de las controversias que puedan acompañar este acontecimiento, como creyentes estamos llamados a realizar una lectura teológica de la realidad, discerniendo críticamente cuando la religión se convierte en instrumento de poder y cuando verdaderamente se transforma en camino de liberación, justicia y fraternidad.
Preocupa profundamente la utilización de símbolos, discursos y lenguajes religiosos con finalidades políticas. Cuando la fe es instrumentalizada para legitimar intereses económicos, ideológicos o partidistas, podemos hablar de una forma de instrumentalización de lo sagrado. El teólogo Juan José Tamayo ha advertido sobre determinadas formas de cristofascismo, en las cuales elementos del cristianismo son apropiados por proyectos autoritarios, exaltando de manera acrítica conceptos como patria, familia, propiedad y orden.
La historia latinoamericana también nos invita a mantener una memoria crítica. Durante la Guerra Fría se promovieron proyectos políticos y religiosos orientados a fragmentar comunidades eclesiales y favorecer determinadas teologías de la prosperidad, individualistas y poco sensibles frente a las estructuras de injusticia. Frente a ello, la Doctrina Social de la Iglesia recuerda que la dignidad humana, el bien común, la justicia y la opción preferencial por los pobres no pueden ser subordinados a ningún proyecto de dominación.
Jesús fue radicalmente crítico con la manipulación de la religión. Al expulsar a los mercaderes del templo, denunció la corrupción de lo sagrado: “Mi casa será llamada casa de oración” (Mt 21,13). También afirmó: “No pueden servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24). Y advirtió sobre quienes se presentan como pastores, pero terminan destruyendo la vida (cf. Jn 10,10).
Ante fenómenos naturales como un terremoto, la fe cristiana no debe caer en interpretaciones mágicas ni atribuir mecánicamente a Dios la responsabilidad de una tragedia. Sin embargo, el acontecimiento puede convertirse en signo hermenéutico, una oportunidad para preguntarnos por nuestra fragilidad, nuestra responsabilidad y nuestra solidaridad con quienes sufren.
El verdadero terremoto que debería estremecernos es aquel que sacude la conciencia cuando la religión deja de ser Evangelio y se convierte en instrumento de manipulación.
Que Dios nos conceda discernimiento para reconocer a los verdaderos profetas, valentía para denunciar la injusticia y humildad para comprender que el nombre de Dios jamás puede utilizarse para justificar el desprecio, la exclusión o la explotación de sus hijos.






















