ActualidadEcuadorEl OroOpiniónPortadaSocial

Teología de la calle: Monseñor Néstor Herrera, que en paz descanse y en Dios goce siempre lo recordaremos con mucho cariño

Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña

La existencia humana y la calle

El 10 de diciembre de 1989 permanece grabado en mi memoria como un acontecimiento de gracia. Era domingo cuando Mons. Néstor Herrera Heredia, Obispo de Machala, impuso sus manos sobre mí y me ordenó sacerdote. Aquel día marcó el inicio de un camino ministerial que había sido preparado durante ocho años de formación en el Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal, verdadera escuela de discipulado, espiritualidad misionera y servicio eclesial.

Mons. Néstor Herrera fue para mí mucho más que un obispo: fue padre espiritual, maestro de vida y testigo del Evangelio encarnado en la realidad de los más sencillos. Su ministerio reflejaba lo que el papa Francisco denomina un pastor con “olor a oveja”, profundamente cercano al pueblo, accesible a todos, especialmente a los pobres, excluidos y olvidados de la sociedad.

Cada vez que regresaba a Machala para visitar a mi familia, pasaba por la Curia Diocesana. Allí encontraba siempre su acogida fraterna. Con la sencillez que caracterizaba su corazón pastoral, me invitaba a compartir un café y una conversación llena de humanidad y esperanza.

Nuestra amistad trascendió fronteras y continentes. Mantuvimos una correspondencia constante desde Colombia, Ecuador, Camerún, en África Central, Panamá y, por supuesto, desde Machala. Aquellos intercambios fueron expresión de una comunión sacerdotal cimentada en la fe, la fraternidad y la misión.

Fue un obispo para todos, pero con una opción evangélica preferencial por los pobres. En él se hacía visible la Iglesia servidora soñada por el Concilio Vaticano II: una Iglesia cercana, humilde, comprometida con la dignidad humana y abierta al diálogo con el mundo.

Tuve la oportunidad de visitarlo en el hospital en diciembre de 2025. Aquel encuentro estuvo marcado por el silencio, pero fue un silencio lleno de significado. En la fragilidad de su cuerpo se percibía la fortaleza de un espíritu que había entregado su vida al servicio del Reino. Fue una experiencia de contemplación profunda, donde la palabra cedió espacio al misterio de la presencia.

Para él, la mitra, el báculo y la casulla nunca fueron símbolos de poder, sino signos sacramentales de servicio. Ejerció su ministerio episcopal sin pretensiones de grandeza, comprendiendo que la verdadera autoridad nace de la entrega y del amor. Fue un pastor fiel a la causa del Evangelio y un defensor incansable de la Iglesia de los pobres.

Gracias, querido Mons. Néstor, por tu testimonio de fe, por tu amistad sincera y por tu compromiso con el pueblo de Dios. Partiste a la Casa del Padre el 24 de junio, víspera de la conmemoración fundacional de la ciudad de Machala, tierra a la que entregaste tu corazón y tu ministerio.

Guardo con especial gratitud el recuerdo de aquella medalla que te fue concedida el año pasado y que, con un gesto de confianza y afecto, me pediste recibir en tu nombre. Hoy la conservo en mi hogar como signo tangible de una amistad sacerdotal que trasciende el tiempo y permanece viva en la memoria agradecida.

Mientras escribo estas líneas, recibo también la noticia del fallecimiento de Milton Riofrío, esposo de mi prima Pepa Peña, a causa de un paro cardíaco. La partida de Milton reaviva el misterio de nuestra condición humana: somos peregrinos en el tiempo, caminantes hacia la eternidad. Tanto él como Pepa estuvieron presentes en mi ordenación sacerdotal, compartiendo uno de los momentos más significativos de mi vida.

La existencia humana está tejida de encuentros y despedidas, de alegrías y dolores, de certezas y sorpresas inesperadas. Sin embargo, para quienes creemos en Cristo, la muerte no tiene la última palabra. La fe nos sostiene y la esperanza nos impulsa a seguir caminando, convencidos de que Dios acompaña nuestra historia y transforma nuestras lágrimas en promesa de vida nueva.

La calle, escenario cotidiano de la existencia humana, nos recuerda que somos hermanos en el mismo camino. Allí aprendemos que la vida es don, que el amor es la vocación más alta del ser humano y que la esperanza cristiana ilumina incluso las noches más oscuras.

Que Mons. Néstor Herrera y Milton Riofrío descansen en la paz del Señor. Y que quienes continuamos nuestro peregrinar encontremos en su memoria un llamado permanente a vivir con fe, servir con humildad y amar con generosidad.

¡Paz en la vida y paz en la eternidad.!

Artículos relacionados

1 de 2.791