Por: Econ. John Campuzano
Evaluar cuatro años de gestión universitaria exige mirar más allá de nombres, autoridades y períodos. La Universidad Técnica de Machala no comenzó en 2022 y su historia tampoco puede explicarse a partir de una sola administración. Cada rector, en las circunstancias económicas, políticas y académicas que le correspondieron, dejó aportes importantes. Unos ayudaron a levantar la infraestructura universitaria, otros ampliaron la oferta académica, fortalecieron la institucionalidad o abrieron nuevos espacios para la investigación y la formación profesional. La UTMACH de hoy es también resultado de esas etapas, del trabajo de generaciones de docentes, servidores, trabajadores y estudiantes que hicieron Universidad incluso cuando los recursos eran limitados.
Reconocer esa historia, sin embargo, no impide admitir que durante años se fueron acumulando rezagos que ya no podían seguir esperando. La transformación digital, la modernización de laboratorios y redes, la recuperación de espacios universitarios, la incorporación de nuevas Carreras, maestrías, una investigación con mayor capacidad de respuesta y una gestión administrativa más dinámica habían dejado de ser aspiraciones para convertirse en urgencias institucionales y provinciales.
Quizá allí se encuentra una de las diferencias más visibles de estos cuatro años bajo el rectorado de Jhonny Pérez Rodríguez. El ritmo de la transformación. No se trató de descubrir problemas desconocidos, sino de asumir que había llegado el momento de enfrentarlos simultáneamente y con mayor velocidad. La infraestructura, la tecnología, la renovación académica, el bienestar estudiantil, la investigación y la innovación comenzaron a entenderse como partes de un mismo proyecto institucional.
Los cambios pueden observarse en aspectos concretos; por ejemplo, nuevos y renovados espacios para estudiantes y docentes; fortalecimiento de la infraestructura tecnológica; modernización de laboratorios; proyectos de infraestructura académica con el CRAI; mayor atención a los ambientes de aprendizaje y bienestar; nuevas propuestas de posgrado y Carreras vinculadas con áreas como Ciencia de Datos, Inteligencia Artificial e Innovación y Negocios; mayor cobertura educativa provincial con presencia en cantones como Piñas y una apuesta por una Universidad con mayor capacidad para investigar, vincularse y responder a los cambios de su entorno.
Pero detrás de cada obra, de cada laboratorio o de cada nueva Carrera existe algo más importante: personas. Estudiantes que esperan mejores oportunidades, docentes que necesitan condiciones adecuadas para enseñar e investigar, familias que confían en la educación pública y una provincia que demanda de su Universidad respuestas a sus problemas económicos y sociales. Esa dimensión humana es, finalmente, la que otorga sentido a cualquier transformación y que, en estos cuatro años, el rector Jhonny Pérez ha asumido como parte de su propia visión de Universidad. Cercana a las personas, atenta a sus necesidades y consciente de que detrás de cada decisión institucional existen historias, aspiraciones y expectativas
Sería equivocado pensar que el trabajo está concluido. Una universidad no se transforma definitivamente en cuatro años. Quedan desafíos importantes como: mayor internacionalización, aumentar la producción científica de alto impacto, el fortalecimiento de los posgrados, así como mejorar los vínculos con empresas y gobiernos locales. Se requiere avanzar en innovación educativa, en reducción de procesos burocráticos y en una investigación cada vez más conectada con las necesidades de El Oro y del país.
La denominada ‘Universidad del Futuro’ ya está en marcha, y su lema comienza a trascender el discurso para convertirse en una verdadera cultura institucional: una Universidad moderna, humana, competitiva y, sobre todo, exigente consigo misma.
Ese puede ser el mayor significado de estos cuatro años: haber recuperado la sensación de que la UTMACH puede proponerse metas más grandes y avanzar hacia ellas. El mejor reconocimiento a una gestión no consiste en convertirla en una oda, sino en exigir que lo alcanzado se transforme en un nuevo punto de partida.





















