Por: P. Vicente Aníbal Romero Peña
El domingo 10 de diciembre de 1989, en Machala, mi madre Hortensia, mi hermana Laura Judith, mis sobrinos, primos y demás familiares se preparaban con gozo para dirigirse a la Catedral de Machala. Allí sería ordenado sacerdote por monseñor Néstor Herrera Heredia, culminando un proceso formativo que inició ocho años atrás.
Mi diaconado lo había recibido el 3 de julio de ese mismo año en Medellín, Colombia. La alegría familiar era profundamente conmovedora: habían llegado desde Loja, Guayaquil, Huaquillas y Pasaje, además de las delegaciones de las Comunidades Eclesiales de Base, espacios donde la fe y la esperanza se construyen desde la vida cotidiana.
Yo, trémulo de emoción, me acercaba al día de mi consagración según el rito de Melquisedec: sacerdote en medio del Pueblo de Dios. Este camino vocacional, tejido de amor y servicio, me conduciría luego a mi primera misión en la ciudad de Buenaventura, Colombia; posteriormente a Molleturo y Chauca, en la provincia del Azuay; y más tarde a Balsas, en la provincia de El Oro, Ecuador.
Movido por el deseo de profundizar mi fe en diálogo con otras culturas, fui enviado a Bélgica para estudiar francés y, posteriormente, destinado al extremo norte de la República del Camerún, en África, donde serví al pueblo Mafa. Allí viví una experiencia interreligiosa profundamente enriquecedora, compartiendo la vida con hermanos de tradiciones ancestrales y musulmanas.
Concluida aquella etapa, fui enviado a la República de Panamá, a las selvas del Darién, donde conviví y caminé pastoralmente con los pueblos Kuna, Emberá, comunidades afrodescendientes y refugiados colombianos. En aquel mosaico humano descubrí, una vez más, la presencia de Dios en la diversidad y la riqueza de la pluralidad cultural.
Desde el año 2013 hasta el 2025 he regresado y servido en Machala, en la parroquia eclesiástica Santa Elena y en la Catedral. Ha sido también el tiempo para acompañar con amor filial a mi madre Hortensia, cuya casa, hogar y corazón siempre han sido espacio de oración y contemplación.
Durante estos 36 años de sacerdocio he caminado con los pueblos afro, indígenas y mestizos, aprendiendo de sus luchas, resiliencias y espiritualidades. Mi horizonte permanente ha sido una Iglesia sinodal: cercana, itinerante, compasiva y profundamente vinculada con los más excluidos de la sociedad.
La experiencia espiritual, conteplativa de Jesús en los pobres y excluidos ha fortalecido mi fé, mi vocación. La virgen María ha sido mi norte y puente, junto a otros santos y hombres y mujeres de esta Aldea Global.
Leónidas Proaño, Óscar Arnulfo Romero Teresa de Ávila, Teresa de los Andes. Y Miles de personas de fé, que no tienen miedo de anunciar a Jesucristo.
Doy gracias a Dios y a la Virgen María por este don inmerecido del servicio pastoral. A mis amigos y amigas de esta aldea global, los abrazo con toda el alma.





















